Hace varios años entré en contacto con la figura de este abad altoaragonés que se asomaba a mis comienzos como investigador pletórico de fuerza y de acontecimientos. Sobre él poco se había escrito, por lo cual era necesario acudir a la escueta documentación y al entorno paisajístico en el que le tocó vivir su andadura. El abad Banzo se asomaba como uno de los personajes clave de lo que aconteció en el reinado de Sancho Ramírez, de esta brutal reconversión de una sociedad rural y desencajada en una nación con vida urbana y vertebrada por el nuevo poder eclesiástico. Escribí, como resultado de esos escarceos, varios trabajos sobre el personaje y su entorno; en concreto y después de que en los primeros números de esta revista publicara la primera visión histórica sobre el territorio acometí en la segunda entrega, creo que en el número 3, un acercamiento a Banzo. Hoy, más de veinte años después y cuando acabo de publicar la segunda y nueva biografía sobre el rey Sancho Ramír ez (Zaragoza, Ibercaja, 1996), me parece oportuno volver la vista hacia este singular monje e intentar hacerles llegar algunas claves que nos situarán mejor a este personaje sobre el que -en breve- publicaré una noticia biográfica.
El rey Sancho había peregrinado a Roma en la Pascua de 1068 y a su vuelta estaba decidido a consumar las reformas de la iglesia aragonesa sobre las que ya le venía hablando el legado pontificio Hugo Cándido, presente en España desde hacía algunos años. Este espíritu de reforma tenía un fondo claro -acentuar el poder y la influencia del papado- y podía dividirse en dos movimientos: la reforma cluniacense que abogaba por la reestructuración de los monasterios según el espíritu cluniacense y la reforma gregoriana que intentaba poner orden en la vida canonical catedralicia.
El monasterio de San Juan de la Peña fue el primero que vivió la reforma, lógicamente si tenemos en cuenta que se trata del panteón real. Se cambió el abad, se cambió el rito litúrgico, se cambiaron las costumbres monacales y se dotó al monasterio del control sobre otra amplia nómina de pequeños reductos monásticos. Pero no todo fueron facilidades, también se tuvo que vivir un sentimiento de oposición que fue protagonizado por algunos abades en primer lugar y, pasados algunos años, fue controlado por el obispo García de Jaca e importantes cortesanos. El primer disidente se sabe que fue el abad Banzo de Fanlo que siempre se ha dicho se enfrentó al rey por no aceptar la reforma litúrgica y no admitir que se abandonara el viejo rito mozárabe español sustituido por el rito romano.
El abad Banzo gobernó la casa monástica de San Andrés de Fanlo, en el corazón del Serrablo, desde al año 1035 hasta los inicios de la década de 1070. Su prestigio era enorme y su sagacidad para los negocios también, puesto que logró sacar a flote un monasterio con ciertos niveles de crisis económica. Él debía de haber nacido en tierras lejanas, en el jacetano condado de Bailo, y siempre se había manifestado como un decidido defensor del rey Sancho Ramírez al cual había ayudado en empresas militares como la conquista de Alquézar.
El año 1067 sabemos que el rey le agradeció donando al monasterio la villa de Beranuy y al abad la partida e iglesia de Santa María de Sabiñánigo para agradecer "los buenos servicios que me hiciste y haces siempre, y porque fabricaste aquella torre en Alquézar para ensanchamiento de los cristianos y desgracia de los moros". Las relaciones con el rey son tan fluidas que incluso logra que un sobrino suyo, Fortún Lope, sea nombrado tenente en la villa recién conquistada hasta que sea trasladado a la de Bailo, lugar de origen de esta familia abacial compuesta por el propio Banzo y sus hermanos Lope y García Fortuñones, éste último habitante en Bailín.
Es evidente que esa relación cordial entre el rey y el abad se rompa al inicio de la década de 1070; al mismo tiempo que sabemo s que el abad Banzo tiene que abandonar el monasterio que él había potenciado y prestigiado. Al salir de tierras de Fanlo recibe refugio y afecto en el monasterio de San Juan de la Peña, gobernado entonces por el abad Aquilino. No parece lógico entender que este clérigo francés acogiera "con honor y distinción" en un monasterio cluniacense a un rebelde y a un opositor a esa política reformista que protagonizó en primer lugar San Juan de la Peña. Esta cuestión nos tiene que llevar a desechar la vieja tesis ya que ni siquiera el saber que era un caso de venerable ancianidad justificaría esta actitud pinatense.
¿Qué había ocurrido? Hay que pensar que algo más ocurrió en San Andrés de Fanlo. Y así podemos recurrir a lo que sugiere la "Crónica de San Juan de la Peña" cuando habla de la reforma canónica en ese monasterio serrablés. Esta era la reforma gregoriana que promovía como movimiento renovador la institución canonical, que implantaba la vida en común de los cléri gos, el canto del oficio divino en el coro y la pobreza, de manera que los canónigos no poseyeran bienes ni pudieran disponer de ellos. Era la crisis definitiva de los monasterios en los cuales sólo se atendía a las prácticas necesarias para la santificación personal de sus monjes y no para ayudar a la cotidianidad de la vida común.
En San Andrés de Fanlo se decide implantar la reforma gregoriana, crear una canónica de vida en común y abandonar las viejas pautas de vida monástica. Eso debió de ocurrir en el año 1071 y en ese momento nada tenía que hacer allí el viejo abad Banzo. Era lógico además que el monasterio de San Juan de la Peña lo acogiera puesto que los monjes cluniacenses tampoco veían con buenos ojos esta predilección real por las canónicas agustinianas que siempre iba en detrimento de su poder socioeconómico y de su influencia política.
Debió de ser duro para este viejo monje, curtido en los difíciles tiempos del nacimiento del reino aragonés , el abandonar los paisajes montaraces que vieron pasar los días de su vida. Debió de ser triste la despedida de una comunidad que era puesta en manos del propio rey, de ese rey que decidía delegar la presidencia de Fanlo en manos del monje Jimeno Vita, originario de una familia de Ipiés y dispuesto a ser un instrumento real en la cruel lucha contra el obispo de Jaca. Banzo murió alejado de su monasterio, retirado de todo circuito de poder, refugiado en el valle del río Aurín, en el monasterio de San Martín de Cercito que era un cenobio dependiente de San Juan de la Peña. En realidad, en el fondo de todo, estaba la intención pactada de no crear mártires con el cambio, de no generar protagonistas y líderes que acabarán soliviantando la aplicación de unas pautas de cambio total.