Mas historias de Sabiñánigo

Uno de los tradicionales vehículos de conocimiento popular ha sido, desde tiempo inmemorial, la transmisión oral. Anécdotas, historias, refranes, cuentos, leyendas, costumbres, etc. han sido siempre medio de comunicación cotidiano y esencial en la cultura de los pueblos, que han sobrevivido una generación tras otra. El peligro de la transmisión oral es la posible distorsión que pueda hacerse de la misma, bien por olvido, por equívocos o bien por interesados propósitos de las personas, con lo cual su fiabilidad, en algunos casos, puede quedar en entredicho.

La transmisión escrita une a la oral la constatación de los hechos por quien los redacta que, a su vez, puede ser rebatido, censurado o corregido por otras personas que le han leído y, de este modo, se puede establecer una mayor clarificación que va a perdurar en los documentos escritos, con lo cual parece que la fiabilidad queda más garantizada o, al menos, más contrastada para su debate o interpretación.

Mediante los trabajos etnológicos realizados por gente muy estudiosa, cada día se está documentando y catalogando una gran información al respecto, ejemplo vivo de lo cual en nuestro territorio serrablés es este Boletín de Amigos de Serrablo, las diversas publicaciones y actividades de esta Asociación y el Museo de Artes Populares.
Esta introducción me da pie a exponer una de mis confesables inquietudes. Me refiero a lo que todavía podemos descubrir de Sabiñánigo y sus pueblos si "explotamos" a los mayores de buen ver y lúcidos de cabeza que están deseosos por contar todas las batallas y anécdotas a las que les sometamos y a otras muchas que, por lo general, no trascienden más allá del entorno familiar.

Por ejemplo, una de las situaciones de mi infancia (años cincuenta) que recuerdo con más cariño es la tertulia improvisada que se mantenía en mi casa cuando venía el practicante que me trajo al mundo en el dormitorio de mis padres: don Clemente López. Sentados alrededor de la mesa contemplábamos, absortos, el ritual de don Clemente quien, con mano firme, sujetaba mediante una tijera adaptada como pinza a una pequeña naveta de acero inoxidable de forma rectangular con los extremos curvos y llena de agua, en donde esterilizaba la aguja y los dos cuerpos de vidrio de la jeringuilla, sobre un fuego azul que emitía un algodón impregnado de alcohol, contenido en un plato. El plato, el algodón y el alcohol lo ponía la casa; el instrumental era de su cuenta. Pues bien, mientras daba tiempo a que el agua hirviese, con el cigarro de caldo en la boca, medio apagado y muy chupado, gesticulando con los hombros con un tic como de satisfacción y preparatorio de que algo interesante iba a decir, don Clemente, con socarrona sonrisa, empezaba a contamos anécdotas jocosas que le habían ocurrido en su profesión: chistes, frases hechas de los pueblos, etc. Y mis padres y yo no hacíamos otra cosa que reír.

Recuerdo que empezaba muchas veces así: "Había una casada en Arguisal...". Otra vez era una soltera en Senegüé o en Pardinilla o el cura de Aurín. En muchas ocasiones me dejaba escritas palabras y expresiones de fabla aragonesa que él sabía y que oía en los pueblos, porque sabía que me gustaban esas cosas. El caso es que si al que tenía que poner la inyección era a mí, no me enteraba hasta que don Clemente vertía el agua de la naveta sobre el algodón para apagar el fuego, momento en el cual me entraba un ligero canguelo que sólo me duraba cinco segundos pues, con un hábil pellizco y un soplo al mismo tiempo ejecutado sobre mi parte glútea destinada al efecto, me colocaba una banderilla antológica rematando una faena de aliño. Y si tenía tiempo, se liaba un caldo más y seguía contando chistes y anécdotas con su proverbial gracejo aragonés, animado por un hospitalario vasillo de vino rancio que mi madre le alcanzaba, sin consultar.
Hasta que cerraba su maletín, se enfundaba el chaquetón y sus gafas de motorista y se alejaba en su pedorrera Guzzi de sesenta y cuatro centímetros cúbicos, tres marchas manuales con la palanca de cambio a la derecha del depósito y carenadas frontales. Además de mi nostálgico recuerdo, reivindico para don Clemente una biografía como reconocido personaje popular y entrañable persona que nos acuñó el ombligo a muchos sabiñaniguenses.

Hace pocos días, comprando el periódico, Pepe Gil (1916) me contaba que su padre, cartero de Acumuer, en los inviernos de grandes nevadas, en los pueblos se fabricaban un quitanieves con un hombre que conducía a un macho el cual arrastraba un tronco. De esta forma se abría senda por donde caminar el cartero, turnándose en Isín, Larrés y Cartirana. O cómo, de críos, se recorrían patinando todo el curso helado de la Tulivana, hasta el Gállego.

Relatos o curiosidades como éstas, unas tal vez más banales que otras pero todas interesantes, creo yo que pueden engrosar y enriquecer nuestro anecdotario histórico (historias de la historia), por lo que desde este Boletín animo a todos los que tengan personas mayores en casa a que les tiren de la lengua, que les cuenten cosas de Sabiñánigo, recogerlas, escribirlas y publicarlas. Los nietos son ideales para esta labor y los maestros también podrían hacer un buen ejercicio educativo animándoles a ello. O que sean los mismos mayores quienes tomen la iniciativa. y todo esto ¿para qué? Pues para satisfacción de ellos en primer lugar y, después, para la nuestra y de los que vengan detrás. Y por simple respeto a la historia, a la corta historia de un pueblo que, nacidos o no en él, hemos ido construyendo entre todos y al que, con sus virtudes y sus defectos, me da la sensación que muchos lo queremos. Y la oportunidad, ahora, es histórica.