La Vida en Berbusa (1920-1958)

A pesar de los pocos edificios que aún luchan por mantenerse en pie, la silueta de Berbusa sigue surgiendo como una bella aparición para todas las personas que se adentran hacia Sobrepuerto por el barranco de Oliván. Situado en la solana, este pueblo es paso obligado hacia Ainielle y Sobrepuerto por el camino tradicional; sin embargo, los numerosos "peregrinos"de La Lluvia Amarilla (1) suelen tener cierta prisa por llegar a su "santuario" y pocos se aventuran a callejear por Berbusa. Y es que el creciente interés por esta zona (derivado no sólo de la novela de Julio Llamazares, sino también de la paciente, entrañable e inagotable actividad divulgadora de ilustres nativos como José María Satué y Enrique Satué), no ha alcanzado a Berbusa, a pesar de que este pueblo compartía numerosos aspectos con los del vecino Sobrepuerto (medio físico, forma de vida, vínculos familiares, participación en la romería de Santa Orosia). Aunque los vínculos históricos entre Ainielle y Berbusa son particularmente estrechos (2), en los últimos años se ha tendido a considerar a Ainielle entre los pueblos de un Sobrepuerto "ampliado", mientras que Berbusa se ha quedado en una especie de terreno de nadie. ¡Lejos quedan los tiempos del Rector de Berbusa y su anejo Ainielle! (2).

Las Casas de Berbusa

Interesado en la vida de esta localidad, debo agradecer a Enrique Satué que me pusiera en contacto con un matrimonio de Berbusa residente en Biescas: Manuel Arnal Berjeras (nacido en 1922), de Casa de Blas, y su esposa Teresa Miranda Allué (nacida , en 1923), de casa Chuanico, la última pareja que contrajo matrimonio en Berbusa. Las largas conversaciones que hemos mantenido durante estos últimos años constituyen la base de este artículo en el que se pretende reflejar la forma de vida de este pueblo durante la primera mitad del siglo XX. Entonces Berbusa ya pertenecía al Ayuntamiento de Barbenuta (el alcalde pedáneo era Antonio Malo de casa Racimo) y contaba con diez casas: Tejedor, Racimo, Blas, Esteban, Piquera, Francho, Chuanico, Pepico, O Pincho y Agustina, además de la casa del pueblo, la escuela vieja (y casa del maestro), la escuela nueva, la abadía (aunque el párroco residía en Oliván) y la iglesia, esta última construida a principios de siglo XVIII (1703).

El hecho de que hubiera dos escuelas permitía utilizar una u otra en función de la climatología: cuando era agradable las clases se impartían en la escuela nueva pero si era adverso se acudía a la antigua escuela-casa del maestro ya que así se evitaba que el maestro o maestra se expusiera a las inclemencias del tiempo. Por otra parte, aunque la iglesia estaba dedicada a San Pedro Apóstol, las fiestas del pueblo se celebraban para San Ramón Nonato (31 de agosto) y Santa Eusebia (29 de octubre), fechas que eran más compatibles con el desarrollo de las actividades agropecuarias. Casa Agustina y Casa O Pincho estaban separadas de las demás por el barranco Toscal, cuyo nombre hace clara referencia a una de las funciones que tenía: proporcionar tosca para la construcción y reparación de chimeneas y hornos, y también para la limpieza de la madera.

Los últimos moradores de O Pincho y Esteban se fueron del pueblo antes de la guerra, mientras que los de Tejedor lo hicieron al finalizar la contienda. Unos años más tarde, Casa Piquero se vino abajo y sus miembros se trasladaron a la deshabitada Casa Esteban. También poco después de la guerra, todos los miembros de Casa Agustina se marcharon a Casa Maza de Casbas, volviendo a Berbusa únicamente para trabajar sus campos y cuidar de las vacas. La marcha se debió al enlace entre Joaquín (casa Agustina) y María (Casa Maza). Los del resto de las casas marcharon casi simultáneamente hacia 1958, aunque oficialmente Berbusa formaba parte del Patrimonio Forestal del Estado desde 1953 cuando se firmaron las escrituras. A pesar de lo que se suele creer, la venta de Berbusa al Estado fue un acto voluntario de los vecinos ante el agotamiento de un modo de vida milenario. Curiosamente, los últimos habitantes oficiales de Berbusa fueron el cartero (Casimiro Pardo, de casa Piquera) y la maestra (Pilar, natural de Asturias), a la espera de sus nuevos destinos.

Berbusa siempre gozó de renombrados piqueros, una fama totalmente merecida a tenor de algunas de las monumentales bordas que aún permanecen en pie, como la borda de casa Pepico (a punto de caerse) o la que compartían casa Francho y casa Racimo. También eran (y son) dignas de admiración las paredes que delimitaban campos y caminos, como las que todavía se pueden observar en el camino a Ainielle y que se pueden catalogar como ciclópeas. Resulta curioso como los edificios "oficiales" (escuelas, iglesia) han soportado razonablemente bien el inexorable paso de los años mientras que, la mayoría de las casas han desaparecido casi por completo a pesar de la solidez con que estaban construidas. Este hecho no es casual ya que, al deshabitarse el pueblo, los antiguos dueños extrajeron las vigas de madera de las casas para vended as y así obtener un pequeño beneficio económico adicional, siendo las de nogal las más valiosas.
Desprovistas de vigas, las casas quedaron en un estado tan precario que amenazaba ruina inmediata por lo que el Estado obligó a los dueños a derribarlas, de tal manera que los restos de fachadas y muros tuvieran 3 metros de altura como máximo. Así, se pretendía evitar que, en un futuro, el previsible derrumbe de los edificios cegara el camino o causara accidentes.

En contraste con casas, yerberos y bordas, los puentes para cruzar el barranco nunca fueron muy recios ya que básicamente estaban construidos con un par de maderos y unas cuantas piedras. Por eso, no es de extrañar que prácticamente desaparecieran cada vez que las aguas bajaban un poco crecidas. Eso sí, los vecinos se ocupaban de reparados rápidamente ante las protestas del cartero, que se negaba a despachar la correspondencia en esas condiciones.

El impacto de la Guerra Civil

Como en otros lugares, la Guerra Civil supuso una verdadera conmoción. Muchos de los niños de Berbusa, Oliván, Susín, Casbas, Orós Bajo y Orós Alto fueron llevados a la colonia de Benasque, entre ellos tres hermanos de Manuel Arnal y una hermana de Teresa Miranda. Por otra parte, su proximidad a una de las líneas del frente provocó la evacuación de su población, primero hacia la ribera del Ara (Fiscal, Berroy, Asín de Broto) y luego al Somontano (Coscojuela de Fantova, Hoz de Barbastro). A su regreso, los terribles estragos ocasionados por el conflicto quedaron de manifiesto: casas inhabitables y pérdida de los recursos esenciales en una economía de montaña (enseres, cosecha, ganado). Aunque el golpe debió resultar brutal, los vecinos de Berbusa no perdieron mucho tiempo en lamentaciones y, a base de esfuerzo, privaciones e imaginación, se afanaron en poner nuevamente en marcha sus casas y su ciclo productivo tradicional. No obstante, los desastres de la guerra acentuaron el pesimismo sobre el futuro del pueblo, un sentimiento que ya se había empezado a gestar algunas décadas atrás, con la marcha de las primeras casas.

Otro efecto negativo de la guerra fue la pérdida del suministro eléctrico. Berbusa, Susín y Casbas dispusieron de electricidad durante los dos años que precedieron a la guerra gracias, principalmente, a la inquietud de Gabriel Villacampa de Casa Mallau de Susín. Para ello, se construyó una pequeña central en el barranco Toscal, en el lado izquierdo del camino a Ainielle. Al lado de la caseta que protegía la turbina se instaló un abrevadero y algunos bancos, por lo que se convirtió en un lugar muy concurrido por los vecinos del pueblo. La central disponía de un embalse, de tal manera que el agua se embalsaba en las épocas del año en las que era más escasa y se empleaba para proporcionar dos o tres horas de luz por las noches. Obviamente, el suministro eléctrico era constante cuando el agua manaba abundantemente por el barranco. Al iniciarse la guerra, hubo quien previno a los habitantes de estos pueblos para que escondiesen la turbina ya que era un elemento apreciado por ambos ejércitos y podría ser requisada. Sin embargo, se hizo caso omiso de tal advertencia y finalmente la pieza pasó a poder del bando republicano. Finalizada la contienda, la casualidad hizo que se pudiera recuperar la turbina. Manuel Arnal coincidió en Javierre de Ara con un vendedor ambulante que había estado en Berbusa antes de la guerra y al que le había llamado la atención la existencia de una central eléctrica en un sitio tan peculiar. El vendedor le preguntó a Manuel si sabía. dónde había ido a parar la turbina y, ante su negativa, le informó que seguía en pleno funcionamiento en Lafortunada.

Tras la Primera Guerra Mundial, el gran encarecimiento del carbón hizo que las industrias eléctricas volvieran la vista hacia los aprovechamientos hidroeléctricos. En ese contexto, la construcción de la central hidroeléctrica de Lafortunada, abastecida por el sistema del Cinca (serie de presas, saltos, canales y otras obras hidraúlicas situadas en su cabecera) fue promovida por el ingeniero alavés Juan Urrutia Zulueta, de la Sociedad Hidroeléctrica Ibérica, con el objetivo de suministrar electricidad a la industria del País Vasco. Las obras del conjunto hidroeléctrico se desarrollaron entre 1918 y 1934. A finales de 1922 entra en funcionamiento el primer grupo (14.000 kWh) de la central de Lafortunada, mientras que el segundo (con otros 14.000 kWh) lo hace en 1923. En 1934 se acaban las principales obras del sistema del Cinca, estando ya en funcionamiento los cinco grupos de la central (3).

Lamentablemente, la central y las líneas de transporte y de distribución dejan de funcionar normalmente a partir del inicio de la guerra civil, momento en el que la central adquiere una gran importancia estratégica. Todo el sistema del Cinca queda en poder de las tropas gubernamentales, así como la línea de transporte Lafortunada-Sabiñánigo, a través de la cual se transportan aquellas piezas que, como la turbina de Berbusa, puedan ser útiles en caso de desabastecimiento de recambios. En1938, la central sufre graves daños resultantes de un bombardeo del ejército franquista y de la voladura de parte de las instalaciones por las tropas republicanas de la Bolsa de Bielsa en su retirada hacia Francia (3). Resulta casi milagroso que, en esa situación, la turbina de Berbusa no sufriera daños y que siguiera funcionando cuando entre 1939 y 1949 se ponen nuevamente en funcionamiento varios grupos de la central.

Pero volvamos a Berbusa, Susín y Casbas. Una vez conocida la noticia de que la turbina estaba operativa en Lafortunada, los tres pueblos implicados crearon una pequeña comisión encargada de ir a reconocer la turbina y tratar de traerla de vuelta a la cabecera del barranco de Oliván. Dicha comitiva estaba integrada por Gabriel Villacampa, Manuel Amal (el padre del informante), Antonio Bergua (de casa Ramón de Susín) y Casimiro Pardo (de casa Piquero de Berbusa). La misión tuvo éxito y se consiguió traer la turbina hasta Sabiñánigo. Aunque la intención inicial era poner la central de nuevo en marcha, los vecinos de los tres pueblos no llegaron finalmente a ningún acuerdo. Posiblemente Gabriel Villacampa ya tenía otros planes pues en 1945 fue el promotor de una propuesta de venta de Susín, Casbas, Berbusa y Ainielle al Patrimonio Forestal del Estado (2). Precisamente el propio Gabriel Villacampa, una vez trasladado a Sabiñánigo, empleó la turbina como material de cimentación del Hostal Alpino, donde seguramente permanece todavía. Aunque la corriente eléctrica no ha vuelto a penetrar por el barranco de Oliván, todavía quedan algunos testigos de su efímera presencia, como los restos del alumbrado público (casa Tejedor) o el transformador ubicado entre Susín y Casbas.