La noche

Imagen de Luis Fernández Fuster

La noche es infinita en la montaña. Faltan esos ojos artificiales de los pueblos del valle que gritan al viajero: -¡Aquí estoy!

En Sobrepuerto, no. En el bosque desaparecen los pinos y las hayas, los abetos y los triámoles; de los barrancos queda sólo un ruido sordo, húmedo, que asciende a un cielo inverosímilmente engrandecido; los lomos de las sierras -esos mastodontes que cayeron para no levantarse más- se confunden con lo indefinido, una nube los agranda, un reflejo los merma; los pueblos duermen olvidados en las crestas, en los declives. Sólo si la luna es llena, pueden adivinarse, de lejos, esos túmulos grises de piedra y pizarra.

La noche. Como viene del Este, pasa el Ara, sube lentamente por Eyerbe y rueda hacia Escartín, envolviendo la pardina de Asué, y a Bergua, que queda abajo, en la hondonada. Luego tiene que saltar a Basarán. La rama derecha de la noche cubre a Otal y queda detenida por la mole de Erata; la izquierda, primero a Sasa, A Cillas, a Cortillas; después, por el valle de Berbusa y Oliván, pasa a Espierre y Barbenuta, durmiendo a Ainielle, y antes de vadear el Gállego se hace densa y elástica sumergiendo en su vientre a Lárrede.

En el pueblo se cuela en cada casa. Invade las habitaciones y el granero, el horno y las cuadras. Sólo retrocede ante la brasilada del hogar y los ojos de los gatos. Cuándo se usan teas, inicia alegremente una lucha siempre victoriosa para ella; huye, vuelve, salta, parpadea, se esconde tras las pieles puestas a secar, rodea a la resina hasta casi asfixiarla, se aleja, parece morir, renace con más ímpetu y, al fin, cansada, se posa sobre todo. He aquí la noche.

Por eso, Cinto, coge siempre una ramita encendida, y apagando la llama, traza con la punta candente, curvas misteriosas y brillantes, que quizá, sean dolorosas para la noche.

Porque Cinto tiene algo del pavor infantil a la oscuridad.