
La historia es una disciplina subjetiva, está, por ello, expuesta a influencias sutiles e inevitables en el ánimo de quienes la estudian, por los hechos, las alegrías y las penas, las injusticias y desastres, los sucesos heroicos o bochornosos, generosos y ejemplares, que afectan, a veces inconscientemente, al que pone sus ojos en ella.
En nuestro pasado reciente, marcado por una horrible guerra entre hermanos, existen períodos que parecen lagunas sombrías y, cuando nos topamos con ellos, solemos girar la cabeza hacia otro lado, porque nos duelen ferozmente, nos causan vergüenza o nos desazonan de manera irracional.
Esos quince años ominosos que se vivieron entre el fin de nuestra cainita Guerra Civil y los atisbos de ciertas aperturas sociales y culturales que, tímidamente, empezaron a florecer a mediados de la década de los años cincuenta del pasado siglo, son un ejemplo incomparable de cuanto trato de afirmar.
Nuestra contienda produjo una enorme sangría humana y además una bárbara diáspora casi total de lo mejor, más prometedor y granado de la intelectualidad y de la nómina de artistas de nuestra patria; la inmediata posguerra, en su orfandad de ideas, de estímulos y de libertad, cerró con cortina de plomo las posibilidades y perspectivas, aún mínimas, de una recuperación de esos aspectos culturales, tan necesarios y vitales para nuestra sociedad, descolgada temporalmente de la Europa de las luces. En los años cuarenta, para mayor desgracia, se produjo la Segunda Guerra Mundial, que arrasó y mutiló el continente en cuyo extremo sobrevivíamos.
Es comprensible, aunque no aceptable, que desde el pensamiento de izquierda se hayan considerado la vanguardia artística y la intelectualidad como valores propios exclusivos, patrimoniales, reclamando para sí las ideas altruistas y los principios éticos; dejando para el conservadurismo el dominio de los bienes materiales y económicos, cuando no el poder ilimitado sobre vidas y haciendas, fuera de los cauces democráticos.

Pero esta idea es una media verdad, peligrosamente simplificadora, pues tanto del liberalismo como del humanismo cristiano (ajeno y enfrentado en ocasiones a la doctrina oficial de la Santa Sede), pensamientos ambos ridiculizados sin tregua desde la intelligentzio progresista, han surgido en el siglo XX también potentes y generosas voces intelectuales, e incluso, con todas mis reservas, del engañoso y fraudulento primer fascismo, cuando parecía en sus albores que era otra cosa, hasta que enseñó su garra despiadada y sangrienta. Otro tanto ocurrió en la Unión Soviética, hasta la muerte de Lenin y la llegada al poder del aparato estalinista, que aplastó las disidencias, iluminaciones y alegrías ideológicas que florecieron durante el período revolucionario.
El absoluto pero esquematizador dominio cultural de la izquierda española ha laminado y arrojado a las tinieblas las figuras de no muchos, porque pocos fueron, pero sí significados personajes que vivieron dentro de la España franquista una particular y, a veces cómoda, travesía del desierto. Personas tibias, tal vez, supervivientes, casi siempre solitarios o aislados, en sus parcelas culturales, acomodaticias y acríticas, o críticas en sordina, pero que al menos mantuvieron vivas unas ascuas exiguas en el brasero de esa gran mesa camilla casposa que acogió la mezquina existencia, que no mezquindad, de las gentes que aspiraban a algún alimento espiritual en aquella España monolítica e inquebrantable. Se me dirá que eran escasos, sí, pero digo y mantengo que haberlos hubo. Y quizá gracias a ellos el desastre no fuera absoluto. El progresismo que emergió en la transición democrática no admitía matices, éramos maniqueos, y en cultura sólo valoró a los artistas e intelectuales del exilio, rechazando de cuajo a los que se habían quedado aquí durante los cuarenta años anteriores.

La nacional-católica España de la inmediata posguerra no dejaba espacio para la creación de un arte libremente expresado. En aquellos años proliferaron los encargos arquitectónicos y ornamentales de un sinfín de iglesias neoaustrias, seminarios, internados, colegios y residencias de congregaciones religiosas para un país de convento, cuartel y ruedo taurino. Este ambiente totalitario y autárquico dio pie a una creación plástica alfombrada y al servicio de la demanda de imágenes piadosas o patrióticas. Nunca perdamos de vista que el Valle de los Caídos, además de las esculturas colosales del exterior, alberga una iglesia excavada en la roca, llena de una imaginería que obedece a estos principios plástico-visuales del aparato de propaganda del régimen político franquista y de sus dóciles colaboradores eclesiásticos.
España tenía un rico acervo de arte e imaginería religiosa, este periodo fue la continuidad imposible, acartonada y falsa, de aquella época pasada e imperial de catolicismo férreo, pero el arte ya no podía seguir con coherencia y sinceridad los principios iconográficos de un pasado histórico lejano e idealizado a golpe de propaganda y derechos de victoria, devengados de una falsa cruzada.

Todo el siglo XIX, como antecedente próximo, está amueblado de un arte pío almibarado, a veces morboso, que arranca desde los nazarenos catalanes, los Vallmitjana, los imagineros de Olot, etc. Y aquí en Aragón podría estar representado por Burriel, Martín Coronas, los Albareda y sus talleres de arte sacro zaragozanos, etc. Manifestaciones de arte religioso de cierta corrección formal y enorme despiste, amaneradas y coincidentes con la gran crisis del academicismo que se fue desarrollando durante ese siglo y gran parte del XX.
Parece como si casi todo el arte religioso posterior al barroco histórico fuera una morgue de imágenes yertas, muchas de ellas tétricas, y otras tantas de helada y cursi dulzura, cuando no de ambigua sensualidad.
La moderna piedad católica al uso, salvo en sus irrelevantes e incluso ridículas expresiones goticistas o seudo románicas (cuyo origen está en la Iglesia nacionalista montserratina), de fuerte implantación, ha sabido desprenderse de la maraña imaginera, para recurrir a una fuerte desnudez que invoca al recogimiento.

Para algunos creyentes la espiritualidad se encuentra en el vacío y en el silencio. Quizá, pero lo cierto es que no resulta fácil hallar sentimientos espirituales vigorosos en esas capillas llenas de azucenas, rdquetes cuajados de puntillas y ojos de cristal con lágrimas que parecen reales.
La escultura de Enrique Pueyo no es así.
Félix Enrique Pueyo Marco nació en Barbastro en 1914, a los seis años su familia se trasladó a Zaragoza; era hijo de carpintero, y se nota, pues su arte está apoyado por esa autenticidad del oficio bien aprendido, que sabe ser siempre correcto y firmemente cuidadoso en el respeto al material trabajado. La historia está llena de ejemplos que demuestran esa virtud; en Aragón tenemos un caso paradigmático: Pablo Gargallo, el gran escultor forjador del vacío mamó su oficio en la fragua de su padre, herrero de Maella.
El respeto de los artistas por la materia trabajada no es un asunto baladí, pues ésta, cuando es desvirtuada, queda mancillada como soporte plástico y ya no funciona estéticamente. Esto ocurre sobre todo en la escultura sustractiva, es decir, en la talla de madera y en la labra de piedra, Una u otra son materiales muy nobles y sencillos, no se les puede cargar de tratamientos caprichosos ni de falso virtuosismo ornamental. Esta condición previa, ese respeto a su naturaleza, es perfectamente conocido por los buenos artistas y por los artesanos. Sólo los ignorantes se atreven a cometer osadías inadecuadas sobre la piedra o la madera.
Enrique Pueyo ha sido un escultor al que le tocó vivir tiempos difíciles y de grandes limitaciones temáticas, puesto que apenas le quedó otra salida que el arte sacro, que realizó para cubrir la demanda de particulares, y sobretodo de instituciones religiosas del área de Zaragoza y sus zonas de influencia, aunque su buen hacer irradió hasta lugares tan lejanos como Chile, Méjico, Filipinas o Japón.
Se formó en la Escuela de Artes y Oficios de Zaragoza y desde los dieciséis años trabajó como tallista en empresas de marmolistería y de ebanistería, abriendo su propio taller en 1940. En 1980 se jubiló y ahora vive en una residencia de personas mayores en Biescas (Huesca), cerca de su hija, que es una notable artesana de la cantería.
Aparte de algunos premios obtenidos en concursos locales, la vida de Enrique Pueyo ha tenido la dimensión de su modesta y sabia cotidianeidad, junto a su familia, en su trabajo continuo como escultor. Sin embargo, es autor de un conjunto de obra muy abundante y coherente, pues su actividad, como ya se ha señalado, empezó a una edad muy temprana.
Sería preciso un estudio mucho más amplio que este artículo para señalar sus obras más destacadas y meritorias, pues está repartida por muchas parroquias e instituciones religiosas de Zaragoza, en localidades de Aragón, de Valencia, de Navarra y del País Vasco, de La Rioja, de Cataluña y de fuera de España. En Zaragoza, por dar una pequeña indicación, tiene emplazadas esculturas en la fachada y en el interior de la parroquia de las Carmelitas en la calle San Juan de la Cruz, en las Monjas de Santa Inés, en la parroquia de San Valero, en la parroquia de Ntra. Sra. de Begoña, en las Siervas de Jesús, en los Capuchinos de Torrero, en la parroquia de San José Artesano; tiene además obras en la Catedral de Manila, en el Secretariado Diocesano de Misiones de Japón, en el Vaticano y un muy largo etcétera.
Pero no es de la enumeración de donde se desprende el interés humano y artístico de la figura de Enrique Pueyo, como escultor de un tiempo y en un tiempo, sino de la apreciación objetiva de sus obras, de las constantes que aparecen en ellas y de su mérito indudable.
Cabe señalar, como una de las notas más destacables de su escultura, que tiene como conjunto una orientación muy original, llena de austeridad, sensibilidad y fuerza, no exenta de sus dosis de dulzura sin almíbar, que la alejan de los patrones trillados y relamidos del arte religioso rezagado, al uso de su época de posguerra.
Enrique parece haberse sabido enfrentar, desde la soledad y la autonomía de su instinto de artista, de su criterio y buen gusto. por supuesto, a los motivos temáticos y formales de sus esculturas. Nada en ellas muestra los manidos recursos plásticos que se habían estilado hasta entonces; y la tendencia que surgió por aquellas décadas a la estilización goticista o de simplismo románico, aun cuando la haya practicado algunas veces, es siempre con rigor y corrección anatómica y sólida corporeidad, que nada tiene que ver, por fortuna, con la estrechez y ñoñería de esa táctica plástica, tan edificante al parecer para sus seguidores, que inundó con sus muñecos esquemáticos tantos espacios destinados al culto católico.
Enrique, por tanto, sabía adaptarse a los deseos y exigencias de quienes le encargaban obras de culto, por eso hay diferencias estilísticas en su obra, aunque la calidad de éstas no se resiente por ello. Unas veces en clave de imaginería, otras con mayor estilización, goticistas, pero siempre en un grado o nivel de alta resolución técnica y anatómica, sin banal izar ni menoscabar la dignidad de cada pieza.
Partiendo quizá de un lúcido entendimiento de lo que había sido la buena imaginería española del pasado, Enrique Pueyo supo crear diversas imágenes de la Virgen María y, sobretodo, los grandes Cristos crucificados, que son los motivos en los que su arte y maestría destacan sin trabas. Las expresiones son siempre trascendentes y muestran el paradigma, el patrón, el tipo del dolor humano, con toda su fuerza transida de dulzura, del sacrificio generoso en aras de una causa superior.
Las anatomías torturadas y los torsos, pies y manos tumefactos, no perdiendo su expresividad terrible, tampoco causan merma a la dignidad de la figura humana, haciéndola imagen. arquetipo. del sufrimiento cifrado en la redención del género humano, desde su fe de hombre.
Las vírgenes que talló representan la generalización icónica del aspecto imaginado del amor, de gran compasión, que para el ser humano supone la idea de lo maternal.
Desde el punto de vista técnico del oficio nada puede decirse de Enrique Pueyo que no sea elogioso. Tiene el buen criterio de la austeridad escultórica que es no abusar del color y de su uso en policromías excesivas, estofas, cenefas y virtuosismos desmedidos. Sus esculturas respetan, como ya dije, el material en que están hechas, piedra o madera, y lo dejan respirar, pudiendo siempre ser visto y apreciado. El uso de las gubias y demás herramientas de talla y labra, en Pueyo, es un ejemplo de buen hacer y de corrección_ las superficies de sus volúmenes escultóricos están trabajadas con el facetado y bruñido propios de la buena talla directa, recibiendo así del artista todo su valor, dando realce a las anatomías de los miembros, de los rostros, de los pliegues y las caídas de los ropajes.
Las manos, los pies, las piernas, los músculos del torso, las expresiones de los rostros en todo momento colaboran en la emoción, en la unción espiritual de cada obra, ese objetivo se logra por la maestría y el oficio vastísimo, pero sin trampa ni cartón de Enrique Pueyo.
Cuanto sale de sus manos está vertebrado por su autenticidad e integridad profesional y ello provoca la certeza, la visión clara de que todo en él, en su modestia, en su espiritualidad, en su figura diáfana de hombre inmerso en un tiempo histórico difícil, es pura verdad. La verdad a la que llega, con su humanidad, desde su ejemplar honradez de escultor. Ni más ni menos.
Javier Sauras Viñuales.
Escultor Académico de Número de la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luís, de Zaragoza