Vimos un zorro muerto dentro de una caseta de monte, cerca del río Guarga, en un claro de los espesos pinares que hay entre Secorún, Nocito y Gésera, en los "pacinos" septentrionales de la sierra de Guara. El animal debió morir de hambre, de fatiga, de desesperación y de rabia. Tenía dientes rotos, uñas destrozadas y comida la piel; sólo estaba intacto y frondoso el hopo, el rabo, la ostentosa y peluda cola. En las paredes y en los fuertes "travesaños" de la puerta se notaban bien las dentelladas, los mordiscos, los arañazos de la pobre bestia, el empeño frenético y loco de librarse de aquella cárcel, de aquella trampa en que había caído bien tontamente, bien fatalmente.
Sí, a maese Raposo le salieron las cuentas muy mal aquel día. El debió husmear que " dentro de la caseta había algo para comer", y, sin pensar cómo no podría salir de ella, entró de un salto por un agujero que había en la cubierta para dar paso a la luz y salida al humo.

¡Qué días y noches debió pasar el infeliz "vulpus" antes de sucumbir en la impotencia y en el desespero! ¿Y le atribuyen al zorro la más sabia y máxima astucia, que quiere decir agudeza, habilidad e ingenio? ¿Qué emperador, qué rey, qué político, qué negociante, qué embaucador... a quienes la historia llamó "zorros" hubiesen entrado en un sitio sin asegurarse la salida? En mi tierra las "rabosas" son unas infelices. En mi tierra no hay zorros ni zorras ni raposos, ni tieces, ni guieus, ni renards, ni coyotes...; sólo hay rabosas. Hay rabosas también en los malos caminos y en las entradas y salidas de los campos, porque llaman "fer rabosa" cuando vuelca un carro. En mi tierra llaman "zorra" a la borrachera.
Sabemos los cazadores que las rabosas de la montaña y Somontano, que los zorros de los acotados, que los guineus catalanes, que los coyotes aztecas... si un cepo alevoso los coge de una pata, los animales se cortan a mordiscos la pata aprisionada en el potro terrible, y escapan corriendo con el hopo, con su jopo entre sus garras traseras, dejando en el "hierro insano", en el zapato traidor y cruel un guiñapo de piel y de huesos ensangrentados.
La verdad es que los zorros tienen pocos amigos. Pero si no por ellos, ¿cómo lucirían señoras ostentosas los adornos, los abrigos, los echarpes, las capas de piel de zorro y de piel... de marido? Aquella fábula alemana, en prosa, del león, del lobo y la zorra, yendo a cazar, ha dejado en media Europa a maese Raposo como uno de los animales más inteligentes: La astucia y el instinto tienen sus quiebras si no van ligeramente acompañados, complementados, con la facultad de pensar. No se comprende la astucia sin poca o mucha inteligencia.
Nosotros nos compadecimos del desventurado zorro del Guarga viendo cómo y cuánto "trabajó", viendo cuánto y cómo debió sufrir antes de caer muerto víctima de la fatalidad. Los zorros, las rabosas de nuestros montes y sierras obedecen a las leyes de su fisiología y de su anatomía, al mandato del instinto ciego. Son carnívoros o fieras estos cánidos pero no siempre tienen a su alcance conejos y liebres, perdices o gallinas, reptiles o carroña repugnante. La Naturaleza, que siempre es sabia en todo, puso a la zorrería una fórmula dentaria para que la emplease en carne y hueso, no en alfalfa, ni en romero, ni en esparto. Alguna vez, y en último recurso, el "vulpes" como miel, o uvas, o higos, o bellotas. Son el terror de los gallineros. Si las mujeres campesinas y aldeanas, pueblerinas y de caseríos llevasen, como las ricas señoronas, costosos abrigos de piel de zorro ostentoso tendrían un remordimiento de conciencia por la guerra sin cuartel que se hace, que se manda hacer a estos sagaces animales. En los Estados Unidos existen granjas, acotados o viveros de zorros, criados en cautividad para la explotación de sus pieles, como se hace en el Norte de África, por los franceses, con los avestruces para aprovechar sus plumas.
Pero lo que más nos conmovió de la tragedia del zorro del Guarga fue lo que debió vivir desesperado, lo que debió rabiar cuando se convenció de que su libertad ya había terminado. El hambre, los palos, la enfermedad, la amputación, la herida grave... no se pueden comparar con el dolor de verse prisionero sin salvación posible. Si el zorro hubiese podido hablar y elegir muerte a buen seguro que hubiera preferido un tiro, una cuchillada, terribles golpes o la soga al cuello; la alimaña quiere morir en el monte, al aire libre, en el escenario de sus fecharías o de sus hábitos heredados. Al fin el lobo de Gubia pudo huir del convento a sabiendas de que un escopetazo habría de venir algún día.
No hay para ningún ser de la Naturaleza mayor sufrimiento y penalidad que perder la libertad de movimiento y de acción. El galeote prefiere el rebenque del cómitre feroz, el látigo que saca túrdigas en cada golpe antes que una cadena en oscuro, cerrado y breve calabozo. El portugués es capaz de perdonar la vida a su enemigo a cambio de que lo saque del fondo del pozo, sin salvación posible. Todos los humanos llevamos en el pensamiento la famosa estatua estadounidense, en el bolsillo un tercio de leyenda de moneda francesa. En la liturgia de la Iglesia católica del día de Nuestra Señora la Virgen de las Mercedes se dice que la cautividad es el estado más triste del hombre, que la libertad es el don que todos apetecemos más porque sin ella no se conciben la alegría, la paz, la felicidad y la vida. La esclavitud le produjo a Napoleón el trauma psíquico que le incubó el cáncer, yeso que el Gran Corso tenía sus sentidos abiertos al horizonte infinito del mar y del cielo.
¡Pobre zorro del Guarga! A muchos hombres, obsesionados por una libertad eterna, hasta de ultratumba, no los atemoriza el morir sino el "verse" encerrados, aprisionados en una caja que, a su vez, será cubierta, recubierta y sobrecubierta con piedras, ladrillos, tierra y argamasa. Para algunos casos de patología del pensamiento las leyes y ordenanzas de la Sanidad en las necrópolis debiera tener "honrosas" y compasivas excepciones. Muley Rasen quiso que, después de muerto, lo dejasen tumbado en aquella especie de pluviómetro que todavía se conserva en el picacho de su nombre, en lo más alto de Sierra Nevada. El taifa y reyezuelo quería tener libres su vista y oído, sus brazos y piernas, su albedrío y pensar mientras de él quedase una partícula de materia visible en aquella cama pétrea, aireada y fresca. ¿Ridículo, insensato, estulto su pensamiento? Pero pudo decir lo que el poeta escribió cuatro siglos después:
"Aunque viva engañado
poco me importa,
que también el engaño
tiene su gloria. . ."
¡Pobre zorro del Guarga! Fue victima del instinto ciego, de la fatalidad y de la astucia poco inteligente. Los zorros que no son tan tontos como los de mi tierra, no, no dejarán sus huesos en tan espantosa soledad y desespero tanto. .