El cementerio

Imagen de Luis Fernández Fuster

Pasaba por la plaza, cuándo tras las bajas tapias del cementerio, adosado a la iglesia, vi a dos hombres del pueblo. Me acerqué. Eran Lorenzo de Lorenz y Miguel de Sampietro. Estaban haciendo la fosa para Ramón.

Había un contraste violento entre la tierra negra y grasa del agujero y la nieve que invadía todo. Parecía una profanación lúgubre, una herida obscura en la blanca piel eternamente amoldada a la superficie de toda la tierra. Desde las cumbres más elevadas dónde tenía un reflejo de plata cristalizada iba bajando a las barranqueras, suavizando los bancales y ahuyentando las sombras en una reverberación límpida y fresca. Todo el paisaje era blanco bajo un cielo anodino y quieto.

-Aquí mismo está enterrada su mujer. Ya hace años. Si, buena mujer que era. No pasaba ninguno por la casa sin echar un trago. De las buenas mujeres del pueblo.
-Trece hijos tuvo.- Y sonreía Miguel al decirlo.
-Pero no viven todos. Joaquín de Casbas, Juliana y Daniel, en Asín. Casados los tres. Y Lorenzo y Marcos, en Otal. Total cinco. No son muchos.
-¿Y Jesús de Sanromán de Hoz? Son seis, muchacho. Todos estarán viniendo.

Lorenzo de Lorenz volvió a saltar al fondo de la fosa. Pegada a la pared, a medio metro de altura había una piedra con una inscripción. Estaban hechas las letras con ringleras y a martillo: "Josefa Escartín de Aso 1933"

Entre los golpes de jada, monótonos e iguales, el último había sonado distinto.
-Ya sale la caja.
La pala empezó a tirar la tierra afuera. Pronto surgió la madera sucia bordeando la herida blanca que había hecho la jada. Aún estaban las tablas enteras.
Pensé marcharme, pero me quedé. Miraba fascinado el agujero esperando una revelación. Si el entierro era la coronación a la muerte y su aceptación, bien podría ser esto la sublevación a ella. Era como arrancar su secreto. Poner otra vez a la luz blanca del día su proceso de sombras y de destrucción. La muerte viva.

Hubo que romper las tablas de la tapa y al hacerla un poco de tierra se coló por el interior. Lorenz las levantó con la pala. Al interior estaban como barnizadas de un agua amarilla y luciente. Era el único signo de vida.

Debajo estaba ella. Miré otra vez la lápida: "Josefa Escartín de Aso 1933", y me vino a la memoria: "trece hijos". Miguel de Sampietro miraba al fondo por encima del hombro de Lorenz.
Todavía se conservaban los vestidos y el pañuelo de la cabeza anudado por debajo del maxilar. Me pareció un símbolo de Sobrepuerto el pañuelo negro. A Ramón lo enterraríamos mañana con la boina.
Cubrecabezas inseparables en la vida y en la muerte. El hombre de Sobrepuerto no lo es sin boina. La mujer con su pañuelo. Josefa Escartín aparecía ahora con su fe de bautismo como los guerreros del Hallstaff con sus espadas de antenas.

-Es la costumbre, ¿sabes? Ahora la sacaremos y la dejaremos a un lado con sus tablas. Cuándo pongamos la caja de Ramón, mañana, la pondremos encima. Y con la pala removió a la difunta que se cuarteó en pedazos.
Al ver el fémur pequeño dije:
-Era baja, ¿verdad?
-No. Un poco menos que tú. Y ¿este hueso, qué es?
-Es el sacro. Los otros son coxales. En la cavidad se le formaron los hijos que tuvo.
-Venir a para ver esto. .

Lorenzo de Lorenz se volvió filosófico hacia mí. Su mirada de ordinario pícara tenía ahora un velo insensitivo. Sostenía en la pala un montón revuelto de tierra dónde se distinguían unas cuantas costillas y restos de tela:

-Tú también serás así alguna vez.
-Sí, Lorenz, pero tú eres más grande que yo y esto, aquí es una desventaja.

Sonrió y se volvió de espaldas a mí para partir las tablas del fondo.

-Diez años y aún salen las tablas enteras. En La Virgen cavando el año pasado hallé unas sepulturas, pero las cajas eran de piedra.
-Es posible que las tengas que destapar otra vez, me gustaría vedas.
- Ya puedes, avísame cuándo quieras.

Entonces me fui. La última mirada fue observando, también, el contraste de la blanca nieve con el montón de tierra. Coronada por el cráneo intacto, éste, encajado en su pañuelo, parecía reírse de su lápida.