Una constante en la vida y obra de Santiago Ramón y Cajal es su curiosidad. Con ella como punto de partida, emprende la tarea de ir descubriendo el mundo desde su infancia y juventud, hasta el final de sus días a los ochenta y dos años. Es una curiosidad que busca respuestas y también se posiciona en la realidad. De tal manera que rara vez se queda al margen de ningún acontecimiento, circunstancia o debate.
De este modo, la ocupación científica no es la única preocupación del científico más importante de la historia de España. Es más, el propio Don Santiago lo recuerda en una – marginal– nota a pie de página. Dice, "discrepo de quienes sostienen que un buen especialista puede ignorar cuanto rebasa el círculo de su atención habitual. No; el sabio además de la disciplina especialmente cultivada, queda obligado, si no quiere adocenarse, a saber algo de todo" (1960, 14). Con lo cual justifica su entrada en ámbitos donde su opinión no es la del "especialista" ni la del "experto". Ya entonces rompe con la tendencia hoy exagerada de hiperespecialización – él, quien por otra parte, se había convertido y sigue siendo uno de los máximos exponentes– que nubla muchas veces los criterios del poco habitual sentido común.
Además, buena parte de sus aportaciones tuvieron eco, no se quedaron guardadas en ningún cajón. Se convirtieron en textos de una densa obra, donde el espectro de temas abarcados corrobora la afirmación que se recalca en la cita anterior. Es obvio que el prestigio que conquistó en su actividad científica le concedía una carga de relevancia social indudable. Más en un territorio caracterizado por la escasez y el barbecho intelectual Lo cual supo administrar con habilidad. Incluso en el terreno de la opinión política.
En este punto nos queremos detener [1] .
"La atonía del patriotismo integral"
Este es el título y el tema del capítulo XII del libro de don Santiago, "El mundo visto a los ochenta años. Impresiones de un arteriosclerótico". Aquí quiere tratar la cuestión -todavía actual- de "España". Se encuentra ante la entonces incipiente demanda centrífuga de los nacionalismos vascos y catalán. Son los tiempos en los que se configuran buena parte de las tempestades que a comienzo del s. XXI todavía no se han resuelto en la sociedad española.
El argumento de don Santiago es casi un augurio de lo que hoy tenemos. Primero revisa el "patriotismo de ayer". Después continúa con las consecuencias del "desastre colonial", el "odio infundado a Madrid", las "amenazas del separatismo". Y termina cuestionando "la ingratitud de los vascos" anticipando "tristes presagios".
Parte de una constatación muy patente en la España de fin del XIX y comienzos del XX: la decadencia generalizada. Políticos [2], literatos, las gentes en general tenían en sus consciencias la añoranza melancólica y frustrada de quienes recuerdan un pasado de esplendor del que no disfrutan ya. Veían, sentían, padecían unas circunstancias que podían haber sido radicalmente distintas sólo conque los gobernantes hubieran ejercido de otro modo.
En esto Cajal comparte una opinión poco favorable -abundante en la época- hacia la monarquía y sus gobiernos. De hecho, únicamente rescata del pasado a Fernando II de Aragón. Tras él, "los reyes sucesivos trabajaron pro domo sua" (1960,110). Apreciación del todo cierta si revisamos las estrategias de gobernación de Austrias y, especialmente, de los Borbones que todavía se mantienen en el trono.
Con esas coordenadas, se adentra a valorar lo que llama "patriotismo español". Y lo describe diciendo que es "apático o latente, pero jamás anulado en absoluto"... Para señalar que esto se muestra así sobre todo en 1808 y después en 1860. Luego sigue mientras apela a su experiencia de "mozalbete" donde tuvo "la suerte de presenciar las vehementes y desbordantes efusiones patrióticas del pueblo" (1960, 112). Para hacer una apología del ejército español de la que rescata -necesariamente- su participación personal en la guerra de Cuba... Culminando con un canto a la "raza" y al "pueblo" propio del ambiente intelectual europeo del primer tercio de siglo XX, afirmaciones que ahora nos suenan de una manera completamente distinta. Así escribe:
"No; digan cuanto gusten derrotistas y augures pusilánimes el ímpetu de nuestra raza no se extingue fácilmente. Padecerá eclipses, atonías, postraciones como las han padecido otros pueblos. De su letargo actual, contristrador y deprimente, se levantará algún día, cuando un taumaturgo genial, henchido de viril energía y clarividente sentido político, obre el milagro de galvanizar el corazón desconcertado de nuestro pueblo, orientando las voluntades hacia un fin común: la prosperidad de la vieja Hispania" (1960, 112).
Encontramos los referentes a su particular universo simbólico [3] : un mundo organizado en torno a pueblos guiados por caudillos, con destinos colectivos en la historia, con voluntades comunes, adscritos a una raza distintiva y distinta de las otras a la espera de un "taumaturgo" que haga en el futuro lo que se ha idealizado del pasado. Una invención, que genera una "racionalidad", un ????? basado en un sentimiento mítico... y mistificador, porque, además, esta construcción cultural propicia la misma lógica que después denostará en los separatistas catalanes y vascos. Tanto entonces como ahora, quienes se apoyan en lo que podemos llamar versión sentimental del estadonación – también conocido como nacionalismo romántico o prusiano– rara vez podrán ponerse de acuerdo para inventar una identidad común con un modelo de gestión – estado– compartido. Pues siempre priman la identidad basada en la esencia antes que la identidad basada en la imaginación creativa [4] y el convenio político. En el planteamiento de Ramón y Cajal subyace, pues, esa racionalidad basada en la pertenencia a una "comunidad" de destinos – y de sangres–, en la que está pendiente el paso a la sociedad moderna – anónima y marcada por las afiliaciones a intereses– tal como describiera, en fechas cercanas Tönnies [5] . Por eso, a Cajal se le verán los mismos planteamientos que a quienes se imbuyen de esa racionalidad de pertenencias esencialistas: repudian los deseos de emancipación de quienes deberían insertarse en el mismo clan, en la misma tribu, en la misma Patria.
Pero antes de entrar de lleno en su análisis de la ruptura de España, hace un repaso de "los efectos deprimentes del hundimiento colonial de 1898". Donde exculpa al "soldado" y al "pueblo" y condena tajantemente al "Gobierno imprevisor" (1960, 112) para señalar el escarnio de la comparación con las otras potencias europeas. Las consecuencias, para él, serán dos la pérdida de consideración del pueblo de cara a las instituciones gubernativas y, "sobre todo la génesis del separatismo disfrazado de regionalismo" (1960, 114).
En este punto, elabora el eje discursivo de su posición ante la idea de España. Primero, reacciona con pasión y visceralidad a las estrategias catalanistas de Prat de la Riba, de la Lliga y los "lligueros"... Segundo, critica con contundencia la falta de visión y la incompetencia de los gobernantes. Tercero, quiere mostrar la falacia de los "secesionistas" trabándose ya el siguiente peldaño:
"¡Pobre Madrid, la supuesta aborrecida sede del imperialismo castellano! ¡Y pobre Castilla, la eterna abandonada por reyes y gobiernos! ¡Qué sarcasmo! Ella, despojada primeramente de sus libertades, bajo el odioso despotismo de Carlos V, ayudado por los vascos, sufre ahora la amargura de ver cómo las provincias más vivas, mimadas y privilegiadas por el Estado, le echan en cara su centralismo avasallador..." (1960, 114-115).
El diagnóstico de Ramón y Cajal es casi intercambiable con el que se podría declamar en la situación actual. La España del interior se ve en una posición de segundo orden tanto en lo económico como en lo político en detrimento de la periferia. Mira a la historia y concluye que Castilla se ha sacrificado para que otros se beneficien. El centralismo, por tanto, no era tal. Presenta a Madrid en unas condiciones "mezquinas y miserables", en unas circunstancias donde la supuesta dominación central estaba lejos de la vivencia de quienes sufrían la capitalidad [6] .
"Una patria común..."
Era el sueño juvenil de Cajal, dirá "... henchido de esperanzas", que al compararla con su presente la ve en una situación del todo distinta: "sombríos tiempos actuales, preñados de rencores e inquietudes" (1960, 116). Y lo dice porque ve la amenaza del "separatismo". Las posiciones políticas defendidas desde Vasconia y Cataluña las percibe como "mutilaciones irreparables".
Para Cajal hay unos "avispados caciques" que "sugestionan" a las masas y son capaces de inducirles a levantarse frente a la idea de unidad. Mientras que también supone que "lo mejor del pueblo vasco, catalán y de otras regiones comparten tan nobles sentimientos" (1960, 116) esto es, de amor a España.
Y esa visión ilusionada, propia de la racionalidad esencialista antes señalada, es la que lleva los argumentos de Ramón y Cajal a la orilla de los idealismos románticos. Por eso no tiene problemas en hablar de "la sagrada bandera española" (1960, 117) y considerarse a sí mismo un "idealista impenitente", como señala en otra nota marginal que merece la pena transcribir:
"A guisa de explicaciones del desvío actual de las regiones periféricas se han imaginado varias hipótesis, algunas con ínfulas filosóficas. No nos hagamos ilusiones. La causa real carece de idealidad y es puramente económica. El movimiento desintegrador surgió en 1900 y tuvo por causa principal, aunque no exclusiva, con relación a Cataluña, la pérdida irreparable del espléndido mercado colonial. En cuanto a los vascos, proceden por imitación gregaria. Resignémonos los idealistas impenitentes a soslayar las raíces raciales o incompatibilidades ideológicas profundas (que no niego en absoluto) para contraernos a motivos prosaicos y circunstanciales" (1960,116).
Cita que nos muestra un movimiento en compás binario por parte de don Santiago. Su parte fuerte se centra en la idealidad, pero no olvida decir con suavidad y contundencia los elementos que considera prosaicos. Por eso también pasará a revisar las circunstancias en las que para él se está fraguando la tragedia. El presente que vive le lleva a cotejar los agravios actuales con las trayectorias históricas,
Y juega, como exige su patriotismo español – que no es otra cosa que otro nacionalismo de corte romántico– a recordar los elementos de la historia que confirman su tesis, Especialmente en el caso vasco. Argumentos que todavía hoy tienen mucha densidad, pues como bien dice los vascos consiguieron sus fueros porque ayudaron a Carlos V en Villalar "¡estrangulando las libertades castellanas!..." (1960, 119). Deja claro que sus simpatías no están con los promotores del secesionismo. E insiste en elementos que hoy también son actuales, dice: "¿Cuánta ingratitud tendenciosa alberga el alma primitiva y sugestionable de los secuaces del vacuo y jactancioso Sabino Arana y del descomedido hermano que lo representa?" (1960, 119).
Dentro de este mismo apartado, insiste en tesis defendidas en textos anteriores [7] donde recuerda a los separatistas que en vez de añorar sus homónimas del norte, las consideran irredentas bajo la soberanía francesa. Punto éste, donde con toda razón, resalta la contradicción que supone, pues: "Francia no admite bromas autonomistas" (1960, 119) y a lo cual suma el desprecio, suspicacia y temor "al francés" y a sus posibles invasiones. Lo cual hoy nos puede sonar a paranoia patriótica, pero si lo contextualizamos, la idea de "Francia" se tenía que vivir y sentir de un modo radicalmente distinto por personas que habían convivido con los ecos de la guerra de la Independencia. Conflicto que, por otra parte, es el crisol que cuaja en gran medida el sentimiento españolista del XIX.
Ese dato histórico, es lo que intenta utilizar en su argumento Cajal. Refresca la memoria insistiendo en no olvidar. Y por eso mismo insistirá en su posición antimonárquica para aclarar a los catalanes la injusticia que cometen con Castilla:
"[Castilla] Ella fue víctima, como Cataluña, de los funestos déspotas austríacos y borbónicos. ¿Qué culpa tiene de que Felipe IV, el imbécil, atropellara los fueros del Principado y de que un rey francés intruso, Felipe V, arrebatara cuanto restaba de los antiguos privilegios?" (1960,120).
Dicho lo cual pasa al siguiente apartado donde insiste en su tesis de "ingratitud incomprensible de los vascos, los niños mimados de Castilla", Lo cual no es otra cosa que una crítica sin piedad del nacionalismo vasco, de sus raíces en forma de variantes carlistas que considera "ignominiosas", de sus habilidades para recabar fondos del "aborrecido régimen republicano", de su hipocresía a la hora de insultar al maqueto mientras "se reporta a esta región privilegiada cientos de millones" (1960, 121).
Junto a la deconstrucción del nacionalismo vasco, también aporta sus tesis propias.
Estas giran entorno a dos claves. La primera, "el sagrado principio de la unidad nacional", La segunda, una carencia pues, "nos falta el culto a la patria grande". Lo cual encaja en la lógica que ya hemos mostrado antes. Por eso también es coherente que reitere el estereotipo que proyecta en los otros:
"Si España estuviese poblada de franceses e italianos, alemanes o britanos, mis alarmas por el porvenir de España se disiparían; porque estos pueblos sensatos saben sacrificar sus pequeñas querellas de campanario en aras de la concordia y del provecho común" (1960, 122).
Y apuntilla con un corolario radicalmente patriótico: (i), "unidad moral de la Península", (ii). "fundir las disonancias" ; (iii). "una sinfonía grandiosa". E incluso conviene con Costa en la idea de "cirujano de hierro" como única solución a la carencia secular...de un gobernante capaz de aunar espíritus en pos de esa unidad. Lo cual, como después sucedió, cobró formas terribles derivando en la guerra del 36 y el régimen franquista posterior y, suponemos, Cajal hubiera abominado, – como el mismo formulará después–.
Con críticas similares, revisa la posición del separatismo catalán. Como en el caso vasco, Cajal recurre a un análisis generalista de la trayectoria económica e histórica para insistir en dos elementos: (i) las ventajas obtenidas; (ii) el envenenamiento del pueblo [8] .
¿Qué hacer ante el desmembramiento?
Don Santiago termina su reflexión poniéndose en lo que para él es el peor de los casos: la independencia de las regiones estatutarias, Y entonces ensaya una respuesta que tiene dos pasos previos y una conclusión.
El primero, responde desde su carácter apasionado, entregado y duro, por eso dirá: "Si yo pudiera retroceder a mis veinticinco años, henchidos de patriotismo exasperado, contestaría sin vacilar: la reconquista manu militari, y cueste lo que cueste" (1960, 123-124).
El segundo, más frío y analítico, rechaza la vía de la violencia. Su propia experiencia personal resuena tras las palabras, pero también los cálculos económicos que son obvios en todos los casos donde se ha dado una conflagración intestina: sería un desastre, "la bancarrota", dice. Junto a la posterior "intervención extranjera". Posibilidad no tan alejada de la historia europea y española. Así pues, en este segundo paso de su razonamiento, formula una tesis que sigue siendo válida un siglo después: "Fuerza es convenir en que la fuerza, aplicada a las pugnas intestinas de un país, no resuelve nada. Enconaría las antipatías y cerraría el paso a soluciones de cordial convivencia" (1960, 124).
Su conclusión y respuesta al "trance de balcanización inminente" sería "pura y simplemente la separación de las regiones rebeldes; separación amistosa y hasta acompañada de algunas compensaciones fiscales" (1960, 124). No habla de federalismo, aunque parece que algo de ello se queda latente. Pasa a estructurar el proceso de desarrollo a seguir en la España amputada que quedaría tras la separación: industrialización, planificación, vertebración integral del territorio. Acompañado de un proceso de segregación y cautela ante los secesionados. Todo orientado a "alcanzar, en lo posible, el ideal de toda nación moderna: bastarse a sí misma" (1960, 126).
Termina apelando a su particular constatación de la historia: "cuando se tiene la desdicha de vivir demasiado, se confirma la teoría de los ciclos históricos" (1960, 126). Sitúa dos puntos de inflexión, en dos tiempos revolucionarios, 1873 y 1931. Para Cajal ambos son manifestación equivalente de un intento de separar la patria que, si llegara a producirse, no sería otra cosa que la consecución de perniciosos deseos de otros, como Napoleón o Carlomagno que lo soñaron e intentaron en otros tiempos.
Para terminar
Merece la pena reproducir lo que don Santiago escribía el 25 de mayo de 1934, en el prólogo a la obra que nos ha servido de base para este texto, así podemos corroborar cuál era su apuesta:
"No es que me asusten los cambios de régimen, por radicales que sean, pero me es imposible transigir consentimientos que desembocarán andando el tiempo, si Dios no hace un milagro, en la desintegración de la patria y en la repartición del territorio nacional. Semejante movimiento centrifugo, en momentos en que todas las naciones se recogen en sí mismas unificando vigorosamente sus regiones y creando poderes personales omnipotentes, me parece simplemente suicida. En este respecto, acaso me he mostrado excesivamente apasionado. Sírvame de excusa la viveza de mis convicciones españolistas, que no veo suficientemente compartidas ni por las sectas políticas más avanzadas ni por los afiliados más vehementes a los partidos históricos" (1960, 15).
Sus palabras lo dicen todo, acompañados de ellas tenemos algunas claves para buscar soluciones al reto pendiente. Esta España nuestra sigue necesitando propuestas que aglutinen las voluntades colectivas, sumando esfuerzos. Personalmente, aunque me siento muy lejos del españolismo de don Santiago, he de reconocer que me encuentro muy cerca de sus análisis. Quizá si Cajal pudiera rescribir a día de hoy su texto, convendría en sumarse a quienes apostamos por un modelo de estado español que se vertebre partiendo de lo que todavía es un sueño federal. Supongo que dado su talante pasional, le sería difícil sustituir su lógica identitaria basada en la sangre por la su alternativa no esencialista. Con todo, el reto pendiente es vivir en un mundo mejor donde las personas estén por encima de cualquier idea. O aplicando la teoría política latente en las bellas palabras de Enrique Satue[9] : "las fronteras siempre han nacido de las guerras y las guerras, de los egoísmos de fieros y sanguinarios señores. Para los humildes pastores, que se acuestan y se levantan con lo puesto, aquel collado sólo ha significado el descanso vulgar entre una subida y una bajada".
--------------------------------------------------------------------------------
[1] He de decir que este artículo se debe a Julio Gavín. Como en otras ocasiones, sin sus ideas, su estímulo y apoyo quien escribe no lo habría hecho.
[2] Son motivos que cuajaron originando el regeneracionismo y sus aportaciones, entre otras posiciones...
[3] El concepto de "universo simbólico" se toma aquí de Berger y Luckmann (1995) en La construcción social de la realidad. Amorrortu Editores, pp.124...
[4] Sobre este tema no procede extenderse. En principio, el concepto de imaginación creativa aquí quiere resaltar el carácter construido de toda identidad humana. Por tanto, convencional, mutable, contingente y abierto a lo que los sujetos quieran soñar – de inventar, no de dormir–, como distinguía Unamuno, coetáneo de don Santiago.
[5] Hacemos referencia a Comunidad y Asociación, editada por primera vez en Alemania en 1887.
[6] Aunque parte de esos escenarios se han trastocado, el modelo de desarrollo de esta España nuestra, ha abundado en la distorsión del interior frente a la periferia con la salvedad del área metropolitana de la capital.
[7] El propio Cajal nos recuerda: "decíamos en otro libro", haciendo referencia a Recuerdos de mi vida, 1912.
[8] Dice: "Estamos convencidos de la sensatez catalana, aunque no se nos oculta que en los pueblos envenenados sistemáticamente durante treinta y cuatro años por la pasión o fascinados por prejuicios seculares, son difíciles las actitudes ecuánimes y serenas" (1960, 123).
[9] Nos referimos a Satué, (1984): El Pirineo Abandonado. Ed. DGA. Zaragoza.