Los historiadores de la ciencia, estiman que para analizar la obra de un científico es preciso considerar su pertenencia simultanea a una sociedad concreta y a la comunidad científica internacional. Ramón y Cajal es un ejemplo de estas circunstancias. Por un lado está su pertenencia al reducido ámbito de científicos que, como Darwin, Pasteur, Virchow, Mendel o Claude Bernard, han aportado los conocimientos fundamentales de las ciencias biológicas. Por otro, este prestigio científico permitió a Cajal formar parte del restringido grupo de intelectuales y científicos que, a finales del siglo XIX, reflexionaron con acierto contra el desánimo que, tras el desastre colonial del 98, aquejó a la sociedad española. Un grupo encabezado por Costa, su portavoz y a cuyo alrededor, además de Ramón y Cajal, se aglutinaron otros destacados aragoneses como Lucas Mallada, Salillas, Gil Berges, Paraíso, Dicenta y Martínez Vargas, cuyas propuestas para la regeneración de España, se plasmarán en un ideario político que dejará unos efectos muy positivos en la primera mitad del siglo XX.
Don Santiago Ramón y Cajal fue un gran sabio en el seno de un gran español. Un gran investigador que en todo momento vivió la estrecha relación entre su actividad científica y su condición de hijo de España. Un sentimiento de patria y raza fraguado en las vivencias de su infancia y juventud altoaragonesa, cuando ya celebraba con vítores, marchas y jotas la entrada de las tropas españolas en Tetuan o el triunfo de la "gloriosa" revolución de septiembre de 1868 y que, sin duda, culminó durante su experiencia en Cuba, adonde acude alistado, como médico militar, tras concluir, en junio de 1873, su licenciatura en Medicina.
Sus primeros meses en la milicia transcurren en el regimiento de Burgos, acuartelado en Lérida y con la misión de defender los llanos de Urgel de los ataques carlistas. En esta etapa inicial Ramón y Cajal no tuvo ocasión de curar heridas de guerra. Por eso, cuando en abril de 1874, el ministerio de la guerra le comunica su traslado a Cuba, el joven Cajal recibe la noticia con satisfacción, convencido de escapar a la monotonía de una vida vulgar, y ansioso de vivir aventuras desconocidas. Pero la experiencia cubana, lejos de colmar sus ansias de patriotismo o de permitirle disfrutar las idílicas tierras ultramarinas, acabará por convertirse en uno de los episodios más dramáticos de su vida. El recuerdo, doloroso y crítico, de estos acontecimientos dejará una huella profunda en la vida de Cajal.
Ya en la Habana, don Santiago se siente atraído por los maravillosos parques y jardines de esta ciudad, cubiertos de altísimas palmas reales y árboles entretejidos de lianas trepadoras. Pero tarda poco tiempo en comprobar que la admirada manigua, presentida y soñada de arriesgadas exploraciones, resultaba inhabitable para los europeos. Lejos del bosque milenario, de la orgía suntuosa de formas, colores y animales tropicales, descrita por los románticos, Cajal se topa con vulgares matorrales, sembrados de arbustos y de pequeños cedros y caobos creciendo en desorden y con frecuencia anegados y plagados de mosquitos propagadores del temido paludismo. Destinado a la enfermería de Vistahermosa, en el centro de la provincia de Camagüey, una de las más peligrosas de la isla Cajal siente la enfermedad en carne propia y tras una primera convalecencia en Puerto Príncipe, acaba recalando en la enfermería de San Isidro, aun más insalubre que la de Vistahermosa. Esta labor, en medio de la manigua pantanosa, con soldados enfermos a rebosar de paludismo y disentería, llevó a Cajal, primero al agotamiento físico y, enseguida, a padecer las mismas enfermedades que sus soldados.
Pero tan graves dolencias físicas no son las experiencias mas amargas vividas por Cajal en esta estancia ultramarina. Durante este tiempo, don Santiago también hubo de enfrentarse al desorden administrativo, a la incapacidad y a la inmoralidad de ciertos gobernantes y mandos del ejército allí destinados, desde el comandante del puesto, a los cocineros y a la oficialidad del destacamento. Amargas experiencias que revuelven el ánimo de don Santiago y que le llevan a solicitar la licencia para abandonar Cuba, atendida el 30 de mayo de 1875, tras ser diagnosticado de "caquexia palúdica grave" y declarado "inutilizado en campaña". El regreso a España y los cuidados familiares de su madre y hermanas devolverá poco a poco, la vitalidad al investigador aragonés.
La vuelta de Cuba marca un hito en la vida de Cajal. Curado de las glorias militares y convencido de su vocación investigadora, don Santiago abandona el ejercicio médico para dedicarse a la ciencia por entero. La desolación por la derrota militar y el deseo de contribuir a la regeneración de la patria creando ciencia original, serán los motivos aducidos para convertirse en investigador. Para ello, de regreso a Zaragoza, Ramón y Cajal inicia una intensa actividad como anatómico, en la ya desaparecida sala de disección del Hospital de Gracia, cuya labor todavía pervive en las magníficas láminas anatómicas que conserva nuestra Universidad, fruto excepcional de su pericia disectora y artística. Su sentimiento juvenil de no dejarse sobrepasar por nadie acaba siendo desplazado por el sueño del triunfo de la patria.
Al margen de sus pesquisas anatómicas, Cajal aprovechará sus estudios de doctorado para iniciarse en el uso del microscopio. Sus investigaciones de la diapedesis vascular y de la inervación de la fibra muscular, comenzadas en su modesto laboratorio micrográfico de Zaragoza, continuarán primero, en su cátedra de Anatomía de Valencia, donde Cajal pasará tres años, desde 1884 hasta 1887 y culminarán en Barcelona y Madrid, ya instalado desde 1892, en la cátedra de Histología, con la formulación de una doctrina general de la estructura del sistema nervioso, divulgada desde las páginas del Anatomischer Anzeiger, con la que don Santiago Ramón y Cajal alcanzará su prestigio universal. Mientras Cajal seguía desbrozando, poco a poco, la organización histológica del sistema nervioso, los acontecimientos cubanos de febrero de 1895 provocaban un nuevo fracaso de la situación política y social de España. La propuesta de Cánovas, de asignar una representación a Cuba y Puerto Rico en las Cortes españolas no logró la pacificación de la Gran Antilla. Aun hizo menos mella la furiosa represión de Weiler, ya casi seguros los cubanos de la intervención directa de los norteamericanos. El acuerdo de Zanjón, firmado con los insurrectos, en febrero de 1878, solo sirvió para detener por un tiempo la sublevación ultramarina, pero no acabo de satisfacer ni a la burguesía española ni a los rebeldes de la isla.
Cuando llegaron los acontecimientos de 1895, la independencia de Cuba ya era inevitable. España no acertó a conceder una generosa y justa autonomía a sus colonias americanas y cuando quiso hacerlo ya era tarde. Las ansias independentistas del libertador cubano José Martí, por cierto, otro alumno ilustre de nuestra universidad de Zaragoza y sobre todo la hipócrita intervención norteamericana, decidida a apoderarse de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, acabaron por decantar el conflicto antillano en contra de los intereses españoles. Frente a esta crítica situación, la única respuesta de los gobernantes conservadores de la época fue mantener la guerra de Cuba, haciendo buena la frase de Cánovas, "hasta el último hombre y la última peseta".
Cuando en 1898 la armada española sufre los desastres de Cavite y Santiago de Cuba, Ramón y Cajal se encontraba veraneando en el pueblo madrileño de Miraflores de la Sierra. Ese mismo año don Santiago había estado dedicado al estudio de la organización del quiasma óptico. Confiesa Cajal que esta noticia le sumió en profundo desaliento y, aunque científico ilustre, no se creyó desligado de este fracaso nacional. Buen conocedor del clima mortífero de las Antillas y de la pésima organización administrativa y militar de la colonia (hambre, pagas retrasadas, bisoñez de la tropa, estrategia militar equivocada), Cajal no compartía la necesidad de seguir derramando en la colonia la generosa sangre de nuestros soldados en una guerra indefinida y desproporcionada, al tiempo que, como español e intelectual, quedaba dolido por la forma humillante con que el gobierno norteamericano obligaba a España, mediante el tratado de París, a cederle la soberanía a Cuba y la administración de Puerto Rico y Filipinas.
Tan impresionado quedará Cajal por el drama de la España del 98 que, aplazando de momento sus investigaciones científicas sobre el entrecruzamiento óptico, decide escuchar "la voz de la sirena periodística" y participar en la campaña política desencadenada para "contribuir, modestamente, a la vibrante y fogosa literatura de la regeneración". Sus propuestas, lo mismo que las de Costa, Picabea y Alba o las de otros intelectuales contemporáneos, pretenden reavivar a la enfermiza sociedad española, ofreciéndole, en un momento de fracaso y hundimiento, respuestas sociales, económicas y políticas a la postración material y a la falta de ilusión colectiva. Los artículos de Cajal, aparecidos en El Liberal o en Vida Nueva, y sobre todo un post-escriptum a sus Reglas y Consejos y en la primera edición de sus Recuerdos de mi vida reúnen una gran parte de las reflexiones cajalianas a la crisis del 98.
Cajal señala varias causas como responsables del desastre cubano. El primer error cometido, según don Santiago, fue el elevado número de soldados enviados a la isla, en vez de trasladar un número de hombres mas reducido, pero bien pertrechados y alimentados. Lo mismo opina de la substitución de Martínez Campos, bien dispuesto a una transición honrosa por Weyler un general que, con razón o sin ella, tenía fama de cruel. Pero el mayor error que advirtió Cajal, fue la indecisión del gobierno para un abandono ordenado de la isla, sabiendo la guerra que se aproximaba, lo que hubiese evitado la lucha estéril de un ejercito enfermo y agotado, por toda clase de privaciones, incapaz como por experiencia sabía don Santiago, de enfrentarse a un ejército robusto, bien alimentado y recién llegado de su patria.
En sus escritos don Santiago también intentó comprender el desenlace de estos acontecimientos. Con este fin, su trasfondo ideológico, tomando a Costa como modelo, se abona a sus sinceros sentimientos de patria y raza, aflorados, por un lado, en la realidad de una España desmembrada y empobrecida por las continuas guerras, revueltas y asonadas del siglo XIX y por otro, en la desvinculación ideológica y cultural que supuso la rotura con las repúblicas hispanoamericanas. Pero a estas críticas, aun añadirá Cajal su personal y profundo desencanto por el retraso cultural de España y por la apatía y desconsideración social con que en España se contemplaba el desarrollo de la ciencia.
Siguiendo estas reflexiones nacionalistas, Cajal está convencido de que el desastre ultramarino se debió, sin duda, al atraso cultural y científico de España. Un desdén por la ciencia que, como apunta don Santiago, al comienzo del post-escriptum de sus Reglas y Consejos, nos llevó a "ignorar la potencia militar norteamericana, el desarrollo científico de sus químicos e ingenieros, inventores de bombas incendiarias que barrían la cubierta de nuestros buques e imposibilitaban la defensa, la superioridad de sus barcos y corazas, la excelencia y tino de sus artilleros y la energía y pericia de sus generales". Una guerra proseguirá don Santiago, "librada entre el sentimiento y la realidad, entre un pueblo dormido entre las rutinas del pasado y otro enérgico, despierto y conocedor de todos los recursos del presente". Un desastre al que nos llevó "más nuestra ignorancia que nuestra pobreza y en el que no logramos ni el triste consuelo de vender caras nuestras vidas".
La derrota cubana seguirá pesará siempre en el ánimo de Cajal. Años mas tarde, al analizar, con menos apasionamiento, el desastre de la España ultramarina, lo achaca al gobierno imprevisor, desatento a los profundos anhelos de las colonias e ignorante de las codicias solapadamente incubadas por las desaprensivas clases oligárquicas, aparte del incontrastable poderío militar americano. Nuestro fracaso, concluirá don Santiago, se debe a que la marina y el ejercito estaban organizados, no para luchar con la nación más pujante y rica del mundo, sino para sofocar nuestras querellas internas. Imprevisión que nos expulsó de un mundo cuya conquista nos costo ríos de sangre generosa. Para entonces, dice Cajal, los españoles, aun no habíamos aprendido que para "ser respetados es preciso ser fuertes, como las naciones próceres o, si no, prudentes y discretos".
Superada la coyuntura cubana, la vehemencia regeneracionista de Cajal pierde su expresión inicial de polemista y comprende que su personal contribución al resurgir de España debía proseguir por los derroteros de la investigación científica. Humillado su patriotismo de español, la "vuelta al tajo", supone una exaltación de su patriotismo de raza. Su discurso "A patria chica, alma grande", pronunciado en el acto con que, ese mismo año, la Universidad de Madrid celebró el Premio Moscú y la proclamación dirigida en 1905 a la juventud española, de un programa nacional basado en "el quijotismo de la ciencia", resumen las dos expresiones cimeras de esta concepción del patriotismo como "diaria entrega a la obra de hacer ciencia". En la reelaboración de sus Reglas y Consejos, en 1913, Cajal aun insistirá más en la validez de estas propuestas.
Mientras tanto la obra científica de Cajal empieza a recibir el reconocimiento internacional. En junio de 1899, medio año después de firmarse el tratado que puso fin a la guerra entre españoles y norteamericanos, don Santiago recibió una invitación de la Clark University, de Worcester, para pronunciar tres conferencias sobre la histología del cerebro humano y de los mamíferos superiores. Don Santiago dudó en aceptar la invitación. Por una parte se siente halagado por la distinción ofrecida, que le permitirá compartir tribuna con otros pensadores y científicos europeos y americanos; por otra se siente un "profesor perteneciente a la raza vencida y humillada", con la herida abierta todavía por la actitud americana en la guerra de Cuba. Al final, aconsejado por quienes moralmente podían hacerlo, don Santiago acabó por aceptar la invitación como una revancha moral para restituir el honor y el prestigio de la España derrotada. La prensa destacó el viaje y, desde entonces, presentó al histólogo aragonés como una especie de héroe científico.
En 1900, el Congreso Internacional de París, distingue a Cajal con el Premio Moscú, concedido a la obra médica o biológica más importante publicada en el mundo durante los tres años anteriores. En febrero de 1905, la Academia Imperial de Ciencias de Berlín, le hace entrega de la medalla de oro Helmholz, otorgada, cada dos años, al sabio que hubiese dado cima a los más importantes descubrimientos en cualquier rama del saber humano. Un año mas tarde, en octubre de 1906, la Academia sueca de Ciencias concede a Cajal el Premio Nobel de Medicina. Todavía en 1922, pocos meses después de su jubilación, don Santiago recibirá la medalla Echegaray, concedida por la Academia de Ciencias de Madrid. Pero ninguna de estas distinciones, ni los numerosos doctorados honoríficos recibidos, hará olvidar a nuestro sabio la humillación sentida por el desastre del 98.
Para don Santiago Ramón y Cajal, el desastre cubano se convirtió en una constante preocupación por la regeneración científica y social de España. Una cruzada contra la pobreza científica que don Santiago, en sus Reglas y Consejos, se ocupará de analizar y que tras descartar otras hipótesis intelectuales sobre nuestro fracaso científico (oligohídrica, térmica, políticas y psicológicas, de fanatismo religioso, orgullo y arrogancia española y de segregación intelectual), advierte que nuestro retraso no se debe a una incapacidad del español para la ciencia. España, escribirá don Santiago, es un país intelectualmente atrasado, no decadente. Y como solución propone uno de sus remedios preferidos, "tonificar la voluntad científica nacional". Una voluntad que debe buscar sus tónicos en el amor irrenunciable a la patria, un amor "que deberíamos sentir todos los españoles, como sentimos el amor sagrado de la madre".
Por eso, cuando en 1906, el presidente del gobierno don Segismundo Moret ofrece a Cajal la cartera de Instrucción Publica, don Santiago le presenta un ambicioso programa de política científica y universitaria que resumía todas las propuestas de los regeneracionistas. Don Segismundo aceptó en el acto las propuestas, pero este tácito compromiso político no llegará a materializarse porque don Santiago acabó declinando la colaboración. En cambio, un año después, aceptará la presidencia de la Junta de Ampliación de Estudios, creada a semejanza de otros institutos científicos europeos y desde la cual Ramón y Cajal conseguirá llevar a cabo un ambicioso programa de renovación universitaria y científica que dejará rezagados a los mismos intelectuales de la generación del 98.
El brutal estallido de la guerra europea de 1914, conmueve de nuevo a don Santiago trayendo a su memoria los juicios vertidos durante la contienda cubana. Otra vez, el estallido bélico paraliza su actividad investigadora. Sin embargo, en esta ocasión su pensamiento regeneracionista se idealiza. Por ello, Cajal recuerda con desagrado su participación y la de otros intelectuales, en las campañas periodísticas del año 98 para regenerar a España, "porque la retórica no detiene nunca la decadencia de un país y porque la literatura de los regeneracionistas solo fue leída por ellos mismos". Pero también será consciente, de que las energías gastadas entonces acabaron por beneficiar a la "especie, la raza y la nación". Para que España sea grande, dirá en 1922, "hay que soñarla grande". Y convencido de ello expone, ante el Rey Alfonso XIII, una serie de soluciones que apuntan hacia la utopía de crear "aumentar el caudal de ideas españolas circulantes por el mundo".
Cuando en 1925 fuerzas norteamericanas se ven obligadas a abandonar Cuba, las reflexiones de Cajal giran de nuevo sobre el desastre colonial. Don Santiago comparte ahora los anhelos de José Martí, el heroico libertador cubano, que quiso siempre una independencia pactada con España y no la anexión norteamericana de la isla. Lo mismo, destaca Cajal, que hubiesen deseado las restantes repúblicas iberoamericanas. Por eso, aprovechando el ardoroso interés de los pueblos hermanos de mostrar ante el mundo la nueva realidad la gente hispánica, don Santiago propone la creación de una comunidad científica internacional capaz de expresar en español los resultados de sus investigaciones. Una forma novedosa y original de regenerar a la patria humillada y de volver a crear lazos indestructibles con las repúblicas hermanas de Iberoamérica. Hermosa utopía cajaliana a la que los científicos españoles no deberíamos renunciar.
José L. Nieto
Universidad de Zaragoza