Era sobre todo en aquellos pueblos pequeños e ignorados del Sobre-Puerto Altoargonés, que en las largas noches de invierno, como no había otros espectáculos ni diversiones, se perpetuaba la costumbre de la velada, yendo a pasar la noche a casa de uno de los vecinos que alternaban en estas reuniones.
Vayamos a Escartín donde hemos sido testigos de estas veladas y veamos como transcurría la tarde.
En aquellos "lugares" no había luz eléctrica; después de cenar, las mujeres se apresuraban a limpiar la cocina y dejar todo ordenado; los hombres daban el último "prienso" a los "abrios" y se encendían las lámparas de acetileno o linternas de vela; las mujeres de más edad llevaban consigo la rueca y "o fuso", la media o el jersey.
A la hora prevista, iban llegando las familias de tres o cuatro casas vecinas.
El fuego crepitaba ya bajo la ancha y espaciosa chimenea de "campana" situada en el centro de la cocina que estaba ya templada. En el "tedero" tres o cuatro teas resinosas ardiendo a la vez para alumbrar la cocina y tras el saludo de rigor, iban tomando aposento los recién llegados en bancos y cadieras capitonadas de confortables pieles de cabra o de oveja. Y con el peculiar gracejo, el más bromista, soltaba el primer chiste de la tarde que provocaba la hilaridad y la risa de los reunidos. Seguidamente se contaban viejas historias o cuentos jocosos y subidos de color. Con el vino viejo que se entibiaba en el jarro, al calor de la lumbre, se echaba de vez en cuando un trago el el porrón; sólo las mujeres bebían a "chupar" y los hombres todos a "gargalé". Y mientras las mujeres daban puntadas, con la aguja y con la lengua al mismo tiempo, los hombres, unos echaban un guiñote y otros aprovechaban para remendar algún apero, "ataconarse" las albarcas, hacer cing1ellos o preparaban con cortezas de fresno, los moldes para el queso. Y al hablar de queso, de aquel queso de leche pura de cabras y ovejas tan exquisito, fino y sabroso, el agua se nos viene a la boca, pensando en aquel fino "requesón" que era para nosotros la golosina más apreciada.
A veces, cuando había un tañedor de guitarra, los mozos y mozas bailaban alternándose las parejas. Para colofón de la velada, y a manera de despedida, antes de irse a dormir, mi tía descolgaba una fresca longaniza, envolvíala en un papel de "estraza" y la metía así unos instantes bajo el rescoldo de la ceniza. Con aquello, que era "canela en rama" se agasajaba a los asistentes; otras veces, con una buena magra o con una porción de queso que se regaban con sendos tragos de vino. Allí reinaba por unas horas el buen humor y la armonía, entre chistes, bromas, dimes y diretes, se hacía la hora de irse a dormir, no sin antes fijar la casa y la hora en que se reunirían de nuevo al día siguiente. Se atenuaba el fuego y la luz del tedero. Se alumbraban de nuevo las linternas, y antes de salir, como el frío se dejaba sentir, las mujeres se aupaban los pesados refajos de lana para cubrirse la cabeza y los hombres se bajaban la boina hasta taparse las orejas, el que no llevaba un buen tapabocas.
Hoy, después de cuarenta y cinco años, recordamos con nostalgia aquellas fraternas y amistosas reuniones de ambiente casero y familiar que ninguna atracción ni espectáculo de ahora podrá jamás reemplazar ni en gozo inefable igualar. ¡Oh recuerdos tan lejanos! que ahora rememoramos, sobre todo, aquellos dulces, calmos y pasibles de la niñez, vividos en el entorno de la intimidad familiar cuando las nieblas de las amarguras de la vida no habían empañado todavía las serenidades interiores de nuestro ser.
Desde Francia, el 27 de Febrero de 1977