Una tarde de Agosto de 2006 un Peregrino dejó atrás Biescas en su Camino hacia Santiago. Había salido días antes de Laruns y quería llegar a pernoctar en Sabiñanigo, pero había medido mal sus fuerzas y, después de una dura etapa, se le había echado encima una noche oscura que presagiaba lluvia. El presagio se cumplió y cerca de Olivan comenzó a descargar una fuerte tormenta. El Peregrino, con las fuerzas casi agotadas y sin tener donde refugiarse, no tuvo otro remedio que seguir avanzando por la pista embarrada. La cortina de agua borraba de su vista las luces de Larrede y Sabiñanigo, que, hasta entonces, eran su referencia. Tampoco veía ya flechas amarillas ni las señales rojas y blancas de la GR. Estaba perdido y solo en mitad de la noche, y se apoderó de él una profunda sensación de desanimo. Tuvo que andar otra durísima hora, ya totalmente calado por la lluvia, sin otra esperanza que encontrar algún pequeño cobijo y esperar que las luces de un nuevo día le permitieran reemprender la marcha.
En esta situación sintió un cierto alivio al llegar a un tramo asfaltado y ver la sombra de una solitaria Iglesia. Había pensado que podría resguardarse de la tormenta sentado en las escaleras, junto a la puerta, por lo que, cuando pudo correr el cerrojo y entrar, se sintió reconfortado. El lugar, totalmente oscuro y sin ni siquiera una silla donde sentarse, le hubiera parecido inhóspito en otras circunstancias, pero ahora lo juzgó un regalo del cielo, que le había llegado cuando sentía que no podía dar un paso más.
En esos momentos su ilusión por completar el Camino se había desvanecido totalmente. Estaba dolorido, sin fuerzas, casi sin comida, y Santiago, en el otro extremo de España, parecía una meta lejana y absurda. Se preguntaba si no sería mejor coger, en cuanto pudiera, un autobús de vuelta a casa. Se sentó en el suelo y se durmió, vencido por el cansancio, hasta que las primeras luces del amanecer iluminaron el interior de la Iglesia. Al abrir los ojos quedó impresionado. La lluvia y la noche habían desaparecido y ante sus ojos se abría un impresionante paisaje. Al fondo, las majestuosas cumbres del Pirineo. A sus pies, rodeado de verdes montañas, el río Gallego atravesaba un valle que recogía todos los colores del verano. Pero, sobre todo le impactó la Iglesia, tan bella y llena de encanto en el silencio de esas horas, que parecía casi irreal. Sintió que algo le había llevado hasta allí, para llenar su espíritu de la ilusión y la fuerza que necesitaba para seguir adelante. Utilizando el reverso de un viejo folio escribió su vivencia y su admiración hacia aquel lugar, anotando al final: “en cada paso de mi Camino llevaré conmigo el recuerdo de este lugar, y con su imagen en mi memoria llegaré hasta Santiago: nunca había visto nada tan bello”.
Esa misma mañana, en mi habitual parada en San Juan, encontré sobre el altar el escrito del Peregrino. Me gustó leerlo y saber cómo se había sentido reconfortado por la cautivadora conjunción de arte y naturaleza que es San Juan. Por eso lamenté mucho cuando, unos días mas tarde, vi que el papel había desaparecido. Me hubiera gustado que se hubiera podido conservar su pequeña historia, y sus palabras. Por eso, dejé allí, el día de 16 de Agosto de 2006 un pequeño cuaderno y un bolígrafo para que, en lo sucesivo, “todos los que visitan esta Iglesia puedan compartir sus comentarios e impresiones”
Hoy, justo un año después, acaba de completarse el tercer cuaderno. En sus páginas 1647 personas han dejado sus anotaciones o sus firmas. Aunque solo 210 indican su procedencia, nos bastan para conocer de dónde vienen la mayoría de las visitas: Francia (30), Zaragoza (23), Madrid (22), Andalucía (20), Castilla la Mancha (17), Cataluña (17), Valencia (16), Huesca (14) País Vasco (9), y, ya en menor número, de otras comunidades españolas, y hasta de otros países como Gran Bretaña, Italia, Alemania, Holanda, Estados Unidos, Irlanda, Uruguay, Nicaragua o Republica Checa.
La iniciativa del “Libro de Visitas” ha sido un éxito gracias a quienes han compartido en él sus comentarios e impresiones. Al leerlo, se da uno cuenta de que cada persona ha expresado, con distintas palabras, - incluso en distintos idiomas - un mismo sentimiento de admiración ante la sencilla belleza de la Iglesia:
En el libro, las referencias a la Iglesia y a su entorno van casi siempre unidas, porque en Busa, como en ningún otro lugar, la Iglesia forma parte del paisaje de un modo armónico y natural como el río o las montañas:
En San Juan el visitante encuentra la tranquilidad y silencio que tanto se echa de menos en otros lugares. Pero hay algo más importante y elevado, difícil de entender por quién no ha estado allí o por quien, en una rápida visita “turística” sólo le dedica una mirada precipitada. Paz, trascendencia, felicidad. ….En el Libro se suceden, de nuevo, muchas formas distintas de expresar las mismas emociones, que se escapan a las palabras:
Es significativo que las palabras que más se repiten en el Libro son las de agradecimiento y ánimo a los Amigos de Serrablo por su labor, por cuidar la Iglesia y por mantenerla abierta. Muestran hasta qué punto la magnifica labor de la Asociación es reconocida y admirada por todos. También denota el cansancio de tener, tantas veces, que conformarse con ver solo los exteriores de las Iglesias o someternos a horarios, pagos y esperas para ver monumentos mucho menos valiosos.
Si Busa maravilla y atrae al visitante ocasional, otros lo sentimos como un lugar propio, al que se vuelve una y otra vez, haciéndolo, en cada visita, más nuestro. En el Libro han quedado las anotaciones de los que, sin conocernos, compartimos ese sentimiento:
Para los que viven lejos, cada nueva visita a San Juan es el reencuentro con un viejo amigo, un momento de evocación en el que siempre hay algo de nostalgia:
A San Juan vienen a menudo profesores e historiadores y personas entendidas que han dejado sus comentarios en el Libro:
Pero cuando se está en San Juan de Busa, es fácil dejar a un lado el intento erudito de fijar fechas, estilos e influencias y abandonarse, con humildad, al misterio de su origen, sin tratar de descifrarlo. Porque no es una ruina, cuya apariencia de otro tiempo tengamos que reconstruir mentalmente. Está tan viva hoy como lo ha estado en cualquiera de sus muchos siglos de existencia. Su permanencia en el tiempo nos enfrenta a nuestra propia fugacidad y, a la vez, nos une con todos los demás seres humanos que han estado, o que estarán frente a ella, sintiendo nuestras mismas emociones:
En el Libro han quedado también recogidas algunas ocasiones especiales. A veces se trata de celebraciones publicas y otras de momentos señalados en la historia personal de los visitantes:
Sin duda San Juan fue construido para la oración y el recogimiento. Pero también es un lugar acogedor para cualquier ser humano, al margen de sus creencias. Sin imágenes ni ornamentos, su espiritualidad es limpia, abierta a todos:
San Juan forma parte del paisaje de Serrablo y cambia con él. En cada estación, en cada momento del día, sus colores y su luz se transforman. Pero además, toma el color del corazón de quién lo mira, como un espejo en el que cada uno ve reflejados sus propios sentimientos: puede ser un lugar donde vivir la alegría o donde aliviar la pena, donde rezar o donde encontrar esperanza cuando hace falta:
Sí, también los niños han dejado en los cuadernos dibujos y comentarios, escritos con letra vacilante e ilusionada. Han dicho simplemente que San Juan es bonita y que les gusta. Probablemente nada puede ser más halagador para este lugar, que sus anotaciones tan directas como sinceras.
He recogido sólo una pequeña muestra de las anotaciones del Libro de Visitas. En él han quedado muchas otras tan interesantes y emotivas como éstas. Pero debería excusarme más con las que he traído aquí, arrancándolas del lugar donde se escribieron. Porque para entenderlas realmente necesitan ser leídas en el lugar donde fueron escritas, viendo y sintiendo la Iglesia y todo lo que la rodea. Solo allí es posible percibir ese milagro de comunicación, anónima y profunda con los demás, que la magia de San Juan propicia.
La única alteración que me he permitido en las anotaciones, ha sido para eliminar cualquier nombre o referencia personal que pudieran resultar indiscretos. San Juan, obra de hombres anónimos, es un lugar de todos, sin nombres propios. Pero quiero hacer una especial referencia a Julio. No le conocí, pero he visto reflejado en el libro la huella de afecto, respeto y admiración que ha dejado en los que lo conocieron. Sé que todos los que visitamos San Juan tenemos con él una deuda de gratitud. Con estas emocionadas y bellas palabras que figuran en el Libro va nuestro recuerdo y agradecimiento para él y para todas las personas que, desde hace mil años, han levantado, amado o cuidado San Juan de Busa.