En el pensamiento de un hombre disciplinado y purificado a fondo no podrías encontrar nada purulento, ni manchado, ni supurando bajo la costra. Y el destino no se lleva su vida incompleta, como se podría decir del actor que se retira antes de terminar y llevar a cabo la función. Todavía, nada servil hay en él, ni afectado, ni dependiente, ni escindido, ni sometido a rendición de cuentas, ni escondido en su agujero
Marco Aurelio
Meditaciones
La vida es como el agua en pausa y movimiento, si ha de manar, mana, por huevos; se enrosca, sube, fi ltra, baja, traspasa, se remansa, vuelve a subir y bajar, hace como que se esconde, seca, juguetea y caracolea, avanza, inunda y, finalmente, llega, vaya si llega, como sin avisar, y si hace falta sacia, ahoga o mata. Y Julio fue agua inquieta y fresca, y le sobraron los redaños que el agua tiene, para convertir en piedra todo cuanto tocaba, e incluso imaginaba, en una paráfrasis ocre y polvorienta del mito del rey frigio Midas. Allí donde trazaba unas líneas sobre el papel, surgía pétrea la iglesia de San Juan de Busa, donde emborronaba un esbozo, crecía con el tiempo San Pedro de Lárrede, o se izaba, se iza, la iglesia, categórica, de Oliván, y de unos últimos rayotes le nació un museo contenido en un hermoso castillo de perfectos sillares, fábrica de tiralíneas, y suelos de dibujos de cantos rodados con evocaciones árabes artesanales. Eso son cojones, y lo demás son hostias.
Cuando a Julio los avatares del tiempo (“Tiempo, dime tus nombres”) y otros sucesos de su juventud no tan limpios y claros como el tiempo, y el agua que, recordemos, era su mismidad, no le permitieron trabajar con la intensidad debida en sus pinturas y dibujos, caligrafió una filigrana en su vida, y dedicó su tiempo restante y su agua - su capacidad de creación- y su inmensa energía, además, a ser manos de mampostero y cantero, ojos, brazos y piernas de albañil y arquitecto. Con la sagacidad del historiador, y la tozudez del visionario que ve Troya donde los demás sólo ven zaborros, soledad y niebla, rehabilitó, alzó al cielo, levantó de nuevo, tozudo, las iglesias caídas y arruinadas, representantes vicarias del arte mozárabe serrablés en el Pirineo de Huesca, en el Alto Aragón, y perpetuó, como ya he dicho, un castillo defensor del arte humanista, el de Larrés, que hoy acoge su obra antológica, sus preciosos dibujos de ángeles y niños, casas, ancianos, y bocetos y carteles publicitarios.
Al gran filósofo francés Jean Baudrillard, autor desde hace treinta años nada menos del fascinante y clarividente ensayo “L´efett Beaubourg” -” (...) Pero se trata sobre todo de un mecanismo de vaciado mental (...)” J.B.- y que sobrevivió sólo unos meses a Julio Gavín, le hubiera encantado conocer, a buen seguro, el pensamiento estoico y vibrante y la obra de Julio, porque el primero habló de los espacios culturales acristalados y vacíos de contenido, y el segundo llevó a cabo lo opuesto, un lugar pleno de humanidad y ausente de cinismo cultural, esa peste que circula entre el aire acondicionado y los muebles de diseño de algunos de los más renombrados -renombrados porque son mencionados con reiteración y alevosía- museos del mundo bobo, ese universo que palpita en ausencia de seres humanos y que, a falta de vida, unta su gloria con el único sebo del dinero fácil, el dinero del Estado durmiente y de ricos que se aburren indolentes.
En la obra de Julio Gavín, uno de los mayores humanistas que ha dado Aragón -al tiempo- y eso es decir mucho, se ven permanentes instantes de verdad, sucesiones agudas de certeza, y eso, fuera de lo que se suele creer, suponer o imaginar, no abunda: escasea. No hay vacilaciones en sus obras, sólo evidencia y fe; jamás indiferencia o temblor, sinónimos de cobardía. La mano dibujando y pintando de Julio es un instante de verdad: el apóstol, o santo, mirando a lo alto, elevado, místico; cierto de nuevo. Los niños permanecerán absortos y sorprendidos frente al libro dibujado en penumbra, con ojos que ven de verdad, no ojetes vacuos. Los ángeles, en una complicada, y perfecta composición de tres más uno, en óvalo, serán ángeles durante toda la eternidad, tirados con plomada, porque así los inmortalizó Julio Gavín. ¡Como Dios!. Él era real como el calor o el frío, como estas palabras de admirador y amigo, y esta exposición es así de clara también, como el agua, sin medias tintas, y sin medias tintas afirmo -me la juego- que Julio, de haberse dedicado exclusivamente a la pintura, hubiera moldeado el mismo talento, pero abrumador, como la obra que deja ahora en forma de paredes firmes, románicas y prietas, desplazando su inmensa energía a lo mismo de lo mismo: crear para los restos ¿Qué diferencia existe entre levantar imperios como Marco Aurelio y Julio, y pintar cuadros para la posteridad? Del primero nacieron la “Meditaciones”, del segundo, siglos más tarde, una tarea difícil, por amplia, de cuantificar. Para el que busque evidencias, continuo. Más verdades: La abuela aguadora está viva en el papel de Julio como muerta estará poco tiempo después, son las verdades del barquero, pero del barquero Caronte en su recorrido por la laguna Estigia, última y definitiva agua por la que habremos de transitar que, como Julio en este contraluz, nos muestra el camino del fin de la vida, un claroscuro que anuncia la futilidad de una imagen ya vivida, y cuyo papel en esta historia es dar testimonio de nuevo de la mano y el ojo de Julio, la yema del dedo y el huevo ocular, el índice y la cuenca; la certidumbre de nuevo entre la raya y el gesto. La aprehensión de la realidad inmediata y el futuro eterno. La abuela de los cántaros estaba ya casi muerta, y Julio, silencioso, nos lo contó. Nos lo sigue contando, aquí arraiga el milagro. La anciana vive, pero en su papel de muerta, y sólo un artista real, maestro, cierto, verdadero, nos desvela estos secretos ¿Más verdades? El color. El buen pintor mancha los lienzos con la luz que baña su estudio improvisado de viajero, y Julio, una vez más, nos ilustra con los colores de África, San Roque, o la última cena, paisaje interior bañado por otra luz si cabe más pura.
Cada vez que visito la iglesia de San Juan de Busa vivo una intensa emoción estética y religiosa; esta experiencia repetida a lo largo de los años se la debo exclusivamente a Julio. Pregunto. ¿Cuántos pintores contemporáneos existen en el mundo que sean capaces de provocar, al menos en mí, que no soy un lego, semejante estremecimiento? Pueden contarse con los dedos de una mano. No confundo los términos, mi emoción es estrictamente contemporánea. Pues eso, más claro, de nuevo, agua; Julio ensimismado en su mismidad. Maestro Gavín, sin la menor duda.

Julio no tiene piernas en mi memoria, siempre me miraba a los ojos o al suelo, meditando de nuevo en sucesivos instantes de verdad. Busto y perfil de emperador romano, trazador victorioso de batallas terrenas, y amante, como buen estoico, de las victorias en silencio, casi en soledad. ¿Alguien puede dudar ya del talento y los mimbres de Julio para una cosa u otra? Sencillamente, en más y otras vidas, Julio hubiera hecho lo que hizo en la vivida: triunfar con discreción, frente a viento y marea, en lo que le hubiera dado la gana. Sólo los artistas de verdad tienen la capacidad de un triunfo verdadero, de un cambio de suertes; sean cuales sean los mimbres fabrican el cesto. La verdad de nuevo. Julio es real y cierto, multiplicado en permanentes instantes de verdad que perdurarán. Lo único importante, lo cierto, la verdad final -de finalidad- es que Julio vive y vivirá en su obra y en nuestros corazones, y este es, precisamente, el inmenso patrimonio que deja.