Cofradías movilizadoras

En Nuestra Señora del Solano (Layés)

Este es un ejemplo de cómo un voto realizado en el siglo XVII originó una estructura organizativa similar a la de una cofradía. En 1685 asoló una terrible plaga de langosta en los términos de Javarrella, Ipiés y Lasieso, durante cuatro años; treinta y nueve vecinos del contorno decidieron realizar un voto a la Virgen del Solano, para lo cual elaboraron unos estatutos que entre otras cosas contemplaban: las cruces parroquiales que debían acudir (Javarrella, Ipiés y Lasieso), el número de personas por casa (una de comunión), que la procesión con la Virgen del Solano la debían realizar los cofrades descalzos, que en las fiestas de la Virgen la lámpara debía arder permanentemente, se indicaba que la caridad del día del voto la debían realizar por turno un vecino de Layés con el cuartal de trigo que debía suministrar cada casa suscrita, y finalmente se marcaban penas similares a las de la cofradía de Yebra (cinco sueldos por blasfemias en el día del voto).

Hasta la despoblación de la zona y el abandono de Layés, el voto se realizaba el lunes de la Santísima Trinidad y mantenía en esencia las características organizativas iniciales: casa Lloro de Layés era la encargada de hacer la comida a los cofrades que llegaban ese día, siguiendo la tradición de las casas-escogidas que se aprecia en la montaña; la comida consistía siempre en judías blancas -alimento propio de funerales; además cada cofrade se traía de su casa el segundo plato. Cada año, una casa de Layés se ocupaba de hacer la caridad y cada cofrade tenía derecho a una torta ya media libra de vino; precisamente la cuota de la cofradía se pagaba en trigo para este menester.
En la actualidad el voto de Layés lo siguen realizando antiguos vecinos de la zona emigrados a Sabiñánigo.

En San José de Larrué (Belarra)

El fenómeno religioso que históricamente se ha generado en torno a este santuario es muy significativo, y al mismo tiempo fácil de delimitar a la documentación localizada 6; datos que encajan perfectamente con la tradición oral recogida.

La ermita de San José de Larrué 7, ubicada en la ladera norte de la Sierra de Monrepós, en el promontorio cercano a la nueva variante de la «C-136», constituye el clásico ejemplo de templo residual de un núcleo desaparecido; una vez más, los restos, las leyendas y la toponimia que convergen en el lugar 8, son elementos concordantes que parecen situar en el siglo XVI la desaparición del pequeño poblado o pardina.

La constitución de la Hermandad de San José en esta ermita durante el siglo XVII -momento expansivo de dicha advocación 9-,vino a sellar y a garantizar una de las siempre problemáticas transmisiones patrimoniales de un núcleo desaparecido o amortado; en esta institución y en las romerías que promovía a dicho santuario entrarían a formar parte todos los vecinos del pueblo receptor –Belarra-, así como dos pardinas que tuvieron litigio por proximidad: Escusaguat y Atós 10. De cualquier modo al tiempo que la cofradía se constituía veladamente para Belarra en garantizadora de la adquisición patrimonial, una vez más, a nivel popular, en esta última localidad se originó el mito justificativo de Las dos abuelas.
Según la documentación, parece ser que la cofradía se fue desvaneciendo durante el siglo XVIII, al tiempo que también se deterioraba la ermita; es por eso que a mediados de ese siglo se rehicieron los estatutos reconociendo tal declive. Tras este intento revitalizador la institución mantuvo sus romerías hasta el año 1808, momento en que la guerra tal vez sirviese de pretexto para abandonar una tradición decadente. Como mecanismo de compensación ante lo divino, y utilizando una fórmula ya vista 11, los vecinos de Belarra bajaron de la sierra la imagen de San José para llevarla a su parroquial, y pasando a partir de entonces a ser esta advocación la fiesta pequeña del pueblo.

La constitución de los estatutos de 1751 12 se realizó bajo la fórmula clásica de reunirse en el santuario los representantes de los componentes de la hermandad -Belarra, Escusaguat y Atós-, delegando en el vicario del primer núcleo la supervisión de las reglas ampliadas o corregidas -17 en total-. Este acto de reafirmación de la cofradía se acompañaba de un buen inicio simbólico: la inauguración de una nueva casa de cofrades-romeros.

Si ya se ha comentado que el móvil inicial de la constitución de la cofradía tuvo origen en problemas de vecindad por la propiedad del santuario y de sus alrededores, de la lectura de su reglamento se trasluce que la finalidad declarada de la institución era rendir culto a sus miembros difuntos. Curiosamente, una vez más, se observa cómo la preocupación que demostraba dicho estatuto por adquirir velas para la cofradía está relacionada con el matiz funerario de ésta 13; así mismo: también tiene ese simbolismo el tipo de alimentos que se ingerían en la celebración -judías y huevos-.

Respecto a los cofrades se puede señalar que tal vez fuese la propia cofradía un mecanismo compensador para los litigiantes que no obtuvieron la propiedad de Larrué: Escusaguat y Atós. Efectivamente, la regla nº 2 indica que el prior siempre deberá pertenecer a una de estas dos pardinas, y nunca a Belarra. Los estatutos, si bien dejaban clara la autoridad plena de este último, también eran contundentes a la hora de sancionarle, pues éste siempre recibía doble multa que un cofrade ordinario 14. En cambio, existía un cargo de servidumbre -el de panadero- encargado de comprar el pan, el vino y las judías que siempre era Belarra 15; así mismo, el encargado de recoger los huevos era el regidor de este núcleo, quien lo hacía entre sus vecinos 16. Evidentemente, la dinámica de la cofradía constituía un mecanismo compensador ante un problema de vecindad subyacente: Belarra se había quedado con Larrué, y para equilibrar el balance adoptaba un papel servil en la cofradía.

Aunque la cofradía celebraba cinco romerías a la ermita -desde mayo a noviembre-, dejando sólo de ir en la época invernal, pues la nieve lo impedía; tan sólo en la festividad de San José -advocación de la cofradía- la romería cobraba un sentido pleno: procesión, misa, reparto de caridad, etc. Esto hacía que el primer domingo de marzo se «juntase capítulo» para dar dinero al panadero para que comprase la comida y el vino 17.

Esta cofradía, reducida de miembros y con un débil peso específico de lo gastronómico, tenía un movimiento económico muy débil: las fuentes de ingresos provenían de las sanciones y de la cuota de los entrantes: 4 reales de plata o su equivalente en trigo más una vela blanca. Pagaba simbólicamente a un ermitaño de extracción social marginal, que durante la comida de San José tan sólo tenía derecho a comer apartado con los sirvientes de los curas 18; ingería: «sopas, judías y dos tranquillos» 19.

En el Santuario de San Úrbez (Nocito)

Esta cofradía es muy reciente, data de 1967 y fue promovida por un grupo de emigrantes del valle de Nocito, esencialmente desde Huesca; por lo tanto se inserta dentro del fenómeno sociológico de revitalizar romerías desde la emigración para reencontrarse con el ego social perdido.

Sin embargo, la cofradía de San Úrbez ya estaba fundada en la iglesia de San Pedro de Huesca durante el reinado de Fernando el Católico, pues él la renovó, siendo el prior de dicho templo quien administraba directamente los bienes del citado santuario de Nocito. Con el traslado de los restos de los santos Justo y Pastor al templo oscense la cofradía vería incrementado su arraigo; reflejo de esto sería el que el día de San Úrbez acudía a San Pedro el cabildo catedral y los jurados municipales 20. El siglo XVIII marcaría el ocaso de esta institución, aunque el gran número de cofrades de la reciente cofradía fundada en San Úrbez de Nocito nacidos en Huesca constituye una prueba de la tradición mantenida, al menos a nivel popular, en la ciudad.

El actual templo de San Úrbez, de amplia nave única y crucero, según consta en una inscripción en su propia fachada, se levantó en 1780, a costa del Colegio Mayor de Santiago y de los Valles de Nocito y Serrablo, siendo prior don Bartolomé Villacampa. y se edificó sobre otro anterior, -quizá construido en mediados del siglo IX, después de su muerte ocurrida en el año 802, cuando contaba con cien años de edad-, en el que existió un monasterio con iglesia llamada de San Úrbez de Serrablo, cuyos elementos más importantes de carácter románico y gótico fueron conservados, así como la portada y el ábside. Al pie del Monte Airal, en el lugar en que la tradición atribuye a San Úrbez la edificación de una pequeña iglesia, se halla la Ermita de la Virgen, en la que tuvo depositados las reliquias de los Santos mártires Justo y Pastor, habitó él sus últimos, años, allí murió y se conservó su cuerpo incorrupto hasta 1701, año en que se trasladó al próximo Santuario a él dedicado.

El milagroso portento de la conservación íntegra de su cuerpo durante 1.134 años, es decir, casi once siglos y medio, encendió la fe de las gentes y para venerado se desplazaron numerosas personas en distintas ocasiones. La furia antirreligiosa de las milicias marxistas, que tantos templos destruyó en gran parte de nuestra provincia durante la guerra civil, determinó quemar aquel glorioso cuerpo en un 17 de octubre de 1936, y sólo quedaron de él unos pocos huesos calcinados, que constituyen las reliquias actuales que se guardan en una urna de cristal además de uno pequeño de ellos que se exhibe en un relicario de pie.

Pastor, ermitaño, monje, anacoreta, apóstol de las tierras altoaragonesas, San Úrbez ha sido proclamado por el sentir popular como "Sol de la montaña". En sus gozos se canta: "Solemnes veneraciones -te hacen los valles y villas-. Y ven llover maravillas-. Padres de lluvias, dispones -nubes y almas de repente...".

Ante la imposibilidad de extendemos más, dejamos constancia de los escudos de Armas que usaban los nobles personajes que, en representación del Colegio Mayor e Imperial de Santiago, del Concejo de la ciudad de Huesca y de los Valles de Serrablo y Nocito, intervinieron en el acto de donación, en principio transcrito.

DOCUMENTACIÓN:
Archivo Histórico Provincial de Huesca. Protocolo 11.218. Notario: Antonio del Campo.
FACÍ, Roque-Alberto-"Aragón, Reyno de Cristo y dote de María Santísima". 1739.
IGUACEN BORAU, D.- "Vida de San Úrbez, Sol de la Montaña", Zaragoza, 1969.



  1. El Libro de reglas y cofrades del Sr. Joseph de Larrue de Belarra. Año 1751, fue proporcionado al autor del presente trabajo por José Miguel NAVARRO LÓPEZ, vecino de Sabiñánigo y descendiente de casa Navarro de Belarra.

  2. Su etimología es de origen incierto. El sufijo -ué, de origen preindoeuropeo según Rohlfs, se añadía a antropónimos de acuerdo con la tesis del mismo autor, pero en este caso es difícil encontrar uno.

  3. Antiguamente, al ser cultivados los campos instalados en el viejo poblado, aparecían restos humanos. Entre los habitantes de Belarra, aún se recuerda la leyenda de Las dos abuelas de Larrué que supervivieron a una peste y que fueron recogidas en Belarra; asimismo también se habla de posibles tesoros ocultos entre las ruinas -fenómeno común en los pueblos desaparecidos-. La toponimia recuerda la existencia de un hábitat humano en la zona: Campo a Manzanera, Güertos d'a Sierra, Fuendibon, O Puzo; de igual forma evoca el reparto del pueblo amortado entre los vecinos de Belarra: San José de casa Simón, San José de Navarro, San José de Castán, etc.

  4. La introducción de la advocación de San José en el Altoaragón corresponde al siglo XVII, tras haber sido fomentada y difundida en el territorio nacional por Santa Teresa de Jesús.

  5. Cuando en 1751 se rehicieron los estatutos de la cofradía, además de los vecinos de Belarra componían la hermandad: las dos casas de Escusaguat, y una de Atós -la de Urbez Xabierre-.

  6. Ermita de Santa Marina, en Sasa; de la Virgen de Senés. en Larrés. etc.

  7. Las «Reglas de la Hermandad de Sn. Jph. en la Sierra de Belarra», reelaboradas en 1751, hablan de la antigua devoción que el pueblo de Belarra y algunas casas notables de los alrededores tenían que acudir en el día de San José «a la iglesia y casa de Sn. José de Larrue»;asimismo convienen en reafirmar la condición de «hermandad tan antigua» para exigir con mayor fuerza el mantenimiento de los edificios de la ermita y de la casa de romeros.

  8. Los cofrades entrantes, además de los cuatro reales de plata, debían entregar una vela blanca (regla 8ª). En los oficios y misas por los difuntos los cofrades debían tener una vela en la mano; el ermitaño o el prior más joven era el encargado de repartir y recogerlas (regla 4ª).

  9. Regla.3ª: si un cofrade no asistía a los oficios divinos era multado con un sueldo de plata; en cambio, si el que faltaba era el prior, debía pagar dos sueldos.
  10. Regla 5ª; el panadero además del vino que compraba con dinero de la cofradía debía recoger por las casas de Belarra 6 almudes de trigo para hacer el pan. El regidor de este pueblo debía comprobar el peso del pan en la mañana del día de San José.

  11. Regla 8ª: el regidor de Belarra debía recoger por las casas los huevos que hubiese determinado en el capítulo o junta previa al día de la cofradía.

  12. Regla 17.

  13. Regla 12.

  14. Algunos antropólogos interpretan la toma de estos alimentos de alto contenido proteínico -«que llenan» como un ritual con el que se pretende evitar la entrada del espíritu de los difuntos al interior de los vivos (J. ROMA, El carnaval en Aragón, Zaragoza, 1980, p. 66).

  15. J, A. CARRERA, Vida del sol de la montaña, San Urbicio, Zaragoza, 1701, p. 114.