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Sumario
Manuel Baquero Briz José María Satué Sanromán José María Satué Sanromán La arquitectura popular en las distintas áreas de Serrablo. José Garcés Romeo Los Prioratos del Gállego y el de Matidero. Ana Isabel Lapeña Paul Nuestro oso en el recuerdo (VI). Enrique Satué Oliván El florecimiento de la iglesia de Javierrelatre en el siglo XVIII. Jose Garcés Romeo
Estado de cuentas Asociación "Amigos de Serrablo".
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Nuestro oso en el recuerdo (VI).Enrique Satué Oliván Osos y pastores. Las historias, las leyendas y los mitos del oso seducen; el oso muerto enorgullece y da solera a los valles. Sin embargo, cuando se habla de relaciones oso-pastor, y máxime pensando en el hoy, surge la crispación. El oso es un patrimonio biológico y cultural que hay que preservar, aunque lógicamente indemnizando los daños que provoca en la cabaña. Si se hiciera un balance de beneficios y pérdidas entre el oso y los habitantes de los valles occidentales, el resultado siempre sería favorable a estos últimos: identificación cultural, reclamo turístico, motivo para impedir el trazado de gasoductos, etcétera. A nivel popular se cree que el oso necesita imperiosamente la carne del ganado. Nada más lejos de la realidad, pues teniendo una alimentación omnívora, su componente mayoritario son los vegetales; ocupando la carne doméstica el ocho por ciento de sus necesidades. De los ataques a las majadas sólo aprovecha una oveja, sin embargo, es corriente que el pánico creado en el rebaño genere muchas más muertes por ahogo o despeñamiento. La carne no comida la enterrará entre ramas y tierra. Si sus necesidades son mayores pueden repetir otra noche. Los ataques se suelen producir a finales de septiembre y comienzos de octubre, en época de preparativos para el letargo invernal: son noches frías, de ventisca. También ataca, aunque menos, en verano, en noches oscuras y tormentosas. El lugar y la forma es siempre la misma: sale del bosque alpino mixto para dirigirse a la pradería donde está la majada (mallata, cubilar). Realizado el ataque, siempre tendrá cubiertas las espaldas por la próxima frondosidad vegetal. Esta es por ejemplo la disposición de la Majada de la Cueva, en el Portalet, donde me describieron un ataque producido en 1910. La forma más convencional con que los pastores se han defendido desde épocas remotas ha sido, y lo sigue siendo en Ansó, el realizar una hoguera junto al ganado en las noches propicias para el ataque. Si este método disuasorio no tenía efecto, entonces intervenían los mastines del Pirineo con sus collares dentados y, por supuesto, las armas de luego. Manuel Susín Escartín, nacido en Acumuer, en 1898, me contó que en la época de su padre, estando siete pastores en una mallata del puerto lindante con Sobremonte (Los Catichullos), con fuego y tres mastines, atacó el oso. No acertaron con sus disparos de pistola y tampoco sirvió de nada la acometida de un valiente perro al que la fiera le volvió la piel a lo largo de medio cuerpo en una de sus zarpadas. Finalmente, el oso cargó una res al lomo y huyó hacia el Pinar de Lopera. Cuando el oso entró en regresión hacia las zonas actuales, que presentan más actividad en el lado francés, fue en esta vertiente donde se produjeron con mayor frecuencia los ataques. Así, en 1928 y en base a las pacerías o tratados de origen medieval por las que los ganaderos pastan al otro lado de la frontera, el oso mató a una familia de Piedrafita en el Valle d'Ossau la cantidad de cien ovejas. También fue curioso en ese lado de frontera el ataque que me relató Pedro Elvira, nacido en Ansó en 1926: él escuchó de pequeño que en la zona de Lescún un pastor soltó las ovejas después de ordeñarlas para hacer quesos; iban solas hacia el pastizal alpino pasando antes por una franja de bosque. Como vió que el ganado no acababa de salir de la espesura, marchó a ver lo que sucedía, con tan mala suerte que la causa la encontró rápidamente: una osa que pronto se dirigió hacia él. El pastor, como siempre había oído de sus mayores, se tiró al suelo y se hizo el muerto. Efectivamente, la osa le dejó. Cuando el pastor, con mucho amor propio, se puso de nuevo en pie para ir a ver el ganado vio a dos oseznos que gruñeron y de nuevo atrajeron a la madre. De nuevo repitió la treta nuestro intrépido pastor galo, aunque de nada le sirvió pues la fiera le dejó el dorso hecho jirones. Aún tuvo valor nuestro hombre para bajar hasta el refugio. Tras contar lo ocurrido, falleció. Estas son historias del ayer pero hoy aún he podido hablar de ataques recientes, de los que año tras año aún se producen: no hace mucho estuve con los hermanos Orensanz, de Casa Chilica, de Hecho, que pasan el invierno en trashumancia en la Tierra Baja. Me hablaron de una trágica visita del oso en 1975, fue al Corralaz de Pedrosa, en la Sierra de Leruto, cerca de Peña Forca. La fiera provocó por amontonamientos y caída por precipicios la muerte de ochenta y cinco ovejas. Cuando lo narraba uno de los hermanos, escenificaba ensimismado al animal, mientras repetía: — "«L'onso le relumbraban os güellos a un kilómetro»" . Más tarde me enseñaron instancias pidiendo subvenciones a la DGA por otros ataques. Efectivamente, el oso aún tiene papel en la mágica obra pirenaica... |
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