Revista SERRABLO Edición Nº 123 Marzo 2002 - Apodos Altoaragoneses

Sumario

Editorial

José Garcés Romeo

Homenaje a "Amigos de Serrablo"

Isabal y López: Dos linajes Infanzones en el lugar de Lárrede y Baronía de Gavín

Alfredo López Lanaspa

Acerca del turismo en el Valle de Tena y ribera de Biescas

Raúl Lardiés Bosque

Apodos Altoaragoneses

José Damián Dieste Arbués

Un Pasado Prometedor

Federico Díez Arranz

Yésero: lugar serrablés en la cuenca del Sía

Santiago Broto Aparicio

¿Qué feban dinantes en un lugar de Sobrepuerto?

José María Satué Sanromán

Memoria Anual 2001

Presentación en Sabiñánigo del libro "Juan Emilio Aragonés, su vida y su obra"

Mercedes Portella

Estado de cuentas Asociación "Amigos de Serrablo"

Noticias


Amigos de Serrablo
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Apodos Altoaragoneses

José Damián Dieste Arbués

La localidad de Ipiés estaba bautizada colectivamente con el mote de pajaslargas. Como acontece con otros muchos apodos municipales se desconoce el motivo que hizo surgir ese apodo comunal que a modo de sambenito se utilizaría en los momentos chuscos y de juerga, en los momentos en que los tacitumos montañeses se desinhibieran y comenzaran a hablar. En la sociedad tradicional estos nombres solían tener un sentido displicente e infamatorio. Actualmente encuestados manifiestan una clara diferencia ante esta manifestación del folklore oral. En Lasieso lo asociaban a la hipótesis de que tal vez los vecinos sobresalieran en estatura a los de las aldeas circundantes. Otra exégesis más común es aquella que vincula el apodo al hecho de que tal vez cultivasen con mayor profusión el centeno, que es de paja más alta que la de los demás cereales, en los términos laborales de esa localidad. De hecho en una fábula agraria popular se denominaba al centeno elípticamente como paja larga. Como siempre también podría dimanar el apodo de alguna anécdota municipal chusca que con posterioridad se perdiera de la memoria colectiva.

Los de Arto tenían el apelativo de abogaus. La figura del abogado y la institución de la justicia estaban muy mal conceptuados en la opinión tradicional. Eso de que ganasen diniés a causa de las rencillas y las desavenencias entre las personas y las constituciones no debían estomagarlo los montañeses autárquicos, que con tanta dificultad y denuedo y trabajando de sol a sol, sólo conseguían poco más que alimentarse y autoabastecerse. En el modelo de economía autosuficiente de los montañeses el dinero era un valor prohibitivo y el que tenía para comer ya se le consideraba prácticamente rico. Esto creaba una mala imagen de este colectivo. Lo justificaban los proverbios: "En os juicios el que gana pierde, ¿el que pierde qué será?". En la comarca asociaban el apodo de abogaus al concepto de agudeza y con el de sabiduría jurídica, con la facultad casi sofistica de la argumentación y con la virtud de la desenvoltura oral. Nos decían: — "Eran abogaus, que sabían mucho de leyes – ¡y aún les dura! y porque a lo mejor hablaban mejor el castellano y por eso tenían un sentimiento de superioridad, u les parecía" (para ilustrar este concepto nos ponían un ejemplo socarrón): — "Allí en puesto de decir fiemo, pa ser más refinatos decían 'hiemo' ¡mira tú qué fateza!" . Es decir, que proponían a la petulancia. Otro informante decía: — "los de Arto charraban y ya te estaban engolviendo a leyes" .

En la pardina de Atós los llamaban casquis, un apelativo semejante a parlanchines. Cascar equivalía a facundia, a profusión verbal en la expresión. Posteriormente recogimos que ése era el apodo privativo de un habitante, el abuelo Antonio. A otro avecindado – Joaquín Grasa– le decían de sobrenombre, Sisoi y un tercero – José Atós– lo sobrenombraban San José.

En la aldea de Latrás los apodaban raboseros. Lo vinculaban a que serían algo astutos de comportamiento y también a la insociabilidad. Lobos y rabosos encarnaban en la sociedad tradicional a un tipo de comportamiento antisocial, debido a que esos animales representaban un tipo de existencia muy montaraz y alejado de todo núcleo social. Raboso también es antonomasia de ladrón, rapiñero y espabilado.

Los de Rapún eran conocidos como los borbutes. El borbute es la abubilla. La abubilla suele oler fétidamente. Por asociación los informantes de Abena aludían a que tal vez se lo dijeran porque se lavaran poco y tuvieran muy poco desarrollado el concepto de higiene. En Sabiñánigo-pueblo vinculaban sin embargo a una causa absolutamente diferente. El caserío de Rapún se distinguía por una peculiaridad, la de que las casas se habían erigido junto a una cresta de ralliquera, sobre la que se apoyaban algunas paredes del poblamiento. Precisamente los borbutes suelen anidar en las oquedades de las rallas y fachanas.

En la localidad de El Puente de Sabiñánigo recibían el mote de valencianos. Valencia personificaba la tierra labrantía de gran excelencia, de gran calidad. En ese aspecto se constituía en el desideratum de los labriegos altoaragoneses, que por lo general más tenían bancales estrechos que grandes y vastas llanuras de cultivo. Era, pues, un apodo procedente de una comparación geórgica. En Sabiñánigo pueblo nos comentaban que el plano de El Puente, donde ahora están enclavados los cuarteles y algunas urbanizaciones de Puente de Sardas, era un territorio bastante envidiado por óptimo, llano y productivo. Y nos decían que pocos lugares tenían un llano como de fértil y con tanto polpar. En la aldea de Latas nos lo corroboraban: — "¡Jolió!, ixe plano teneba mucho suelo y criaba buenas cosechadas." También en esta localidad lo equiparaban a la bonancibilidad climatológica, pues como esa aldea de El Puente estaba en el fondo del valle, casi todas las localidades circundantes estaban a un poco más de altura que ella y alguna vez las poblaciones que se hallaban en las costeras tendrían nieve y allí no caería nada. Valencia también era un símbolo de tibieza climática en la rigurosa montaña.

En la aldea de Aurín recibían el apodo de narigones. Es decir, que hablaba nasalmente y en Latas nos decían que más que un defecto común era una costumbre que se adquiría aleatoriamente y que se cultivaba y se hacía general. A un músico de Aurín, que tenía cierto halo de celebridad – Cain d'Aurín– que acudía a los lugares del entorno a tocar con una guitarra, le decían que ya tenía el apodo bien puesto porque hablaba nasalmente. También les aplicaban el sobrenombre de violeneros, porque eran algo aficionados a la música y el precitado Cain d'Aurín, acompañándose de la guitarra, cantaba este sonsonete: — "Tengo un güey; tengo un güey, y si me lo vendo me quedo sin él." A otro vecino de Aurín, según un apólogo recopilado, le preguntaron en cierta ocasión que a qué era debido que en su aldea natal todos fueran narigudos y él, con cierta masedumbre contestó: — "¡No pas yo, no pas yo!." Pero se delató, pues lo hizo absolutamente nasal.

En Satué recibían el apodo de carcalleses. En Latas nos explicaban a modo de hipótesis que podía aludir a un fipo de tierra de mantillo ¿cascallo? muy pobre y que despedía mucho el agua. Otro informante de Latas nos dijo que poría ser porque cantaran escarquellaran mucho las gallinas y los gallos, o que las gentes fueran presuntuosas y poco rufas. En Javierre de Obispo nos aseguraban que les decían el apodo de carcalleses por ser demasiado verbosos, charraderos, alcahuetes y vanilocuos. Cuando alguien era así se le decía: — "¡Calla, carcallés!" También lo vinculaban a reñidores, pendencieros y que se dejaban oir mucho. Carcallés proviene de cacarear. En Larrés una anciana, que dimanaba de Satué, nos dijo también que recibían el apodo de foricones. Y conocía la causa que provocó ese apodo. Como abundaba el pinar en el término, pues la aldea está bajo la sierra de Santa Orosia, con las cornizas se construían foricones o pértigas para sacar los panes de los hornos domésticos. Este segundo apodo no lo conocían ninguna de las personas encuestadas en los alrededores.

Los de Oliván era antonomásicamente los patateros. En la huerta junto a la ribera del Gállego, que era manantialosa y fresca, se criaban sin grandes cuidados las patatas. Al parecer los de la localidad se dedicaban a sembrarlas con gran profusión y según un informante del propio Oliván cualquier casa cogía un vagón de patatas, unos veinticinco mil kilos, ya que además de para el gasto doméstico se comercializaban. Al parecer, hubo un determinado tiempo en que la mayor parte de la producción la compraban los militares, que en la localidad de Sabiñánigo tenían bastante tropa. Preguntando a un vecino de Oliván si se criaban fácilmente las patatas, me contestó somarda que primero había que plantarlas. La mordacidad montañesa.

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Actualización: Martes, 16/4/2002
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