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Sumario Editorial Vocabulario de Sobrepuerto Mil años de historia de los valles de Serrablo y Fanlo (958-1958) La iglesia de Basarán Los puentes del Gállego (Serrablo) Un fragmento del Museo de Dibujo «Castillo de Larrés» Religiosidad popular en el Serrablo tradicional Tejido tradicional en el Alto Aragón Inauguración del archivo-biblioteca del Museo de Larrés Iluminación de la iglesia de San Pedro de Lárrede |
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Enrique Satué Oliván
Se puede decir que la religiosidad popular del montañés quedaba medularmente condicionada por el sentido de su propiedad: las estructuras sobrenaturales le pertenecían y estaban a su servicio, en un marco donde la hostilidad ambiental acrecentaba en todos los órdenes el sentimiento posesivo[1]. Esta actitud de posesión era de carácter selectivo, pues los personajes celestes eran ordenados y jerarquizados por cada comunidad, bien fuese a nivel local o comarcal, buscando siempre de ellos el que sirviese como instrumento de autoafirmación para el grupo. Así, era corriente que algunas casas montañesas tuvieran «su» santo al que honraban anualmente con funciones religiosas y del que esperaban especial protección[2]. A nivel local los pueblos también tenían «su» santo benefactor, patrimonio que les diferenciaba y situaba sobre los pueblos limítrofes que tenían que acudir a su santuario[3]. Esta actitud supuestamente selectiva del santo a veces era justificada popularmente con leyendas como la que indica que San Ramón fue apedreado por los vecinos de Cartirana, por lo que éste hubo de marcharse al cercano pueblo de Larrés, donde, bien acogido, pasó a ser un buen patrono protector para escarnio de aquéllos[4]. Cuando un mismo santo se hallaba vinculado por su hagiografía y por su culto a más de una población, como era el caso de Santa Orosia (ciudad de Jaca - pueblo de Yebra), las fuerzas sociales dominantes solían tejer leyendas y argumentos que justificaban la actuación preferencial del santo sobre una de estas poblaciones -en este caso, lógicamente, sobre Jaca-[5]. El rosario de «santos propios diferenciadores» era superado solidariamente cuando el santo aunaba intereses defendiendo el modelo de vida y las instituciones de la montaña frente a las del llano; era el caso de Santa Orosia «patrona de la montaña» del Viejo Aragón[6], y de San Úrbez «patrón». En ambos casos, los novenarios, gozos, coplas, himnos y hagiografías eran los encargados de reiterar dicha condición; de igual forma que recalcaban que si los patronos ejercían sus favores en Tierra baja, lo hacían de forma subsidiaria, como sucedía con San Úrbez en las rogativas de agua que efectuaban los habitantes del Somontano a su santuario montañés de Nocito[7]. Bajo esta dinámica, cada casa de la montaña quedaba protegida por una combinación santoral convergente o divergente con la comunidad según interesase la autoafirmación individual o comunal; combinación que prácticamente se convertía en carga genética, transmitida de generación en generación en la jerárquica e inamovible casa. El santo local o el de la unidad familiar siempre estaba a disposición; esto era hasta tal punto así que en Matidero, cuando una persona estaba enferma, se iba a buscar a la próxima ermita la imagen de la Virgen de los Palacios, manteniéndola en la casa mientras era preciso. La interrelación del montañés con el santo -tangible e inmediato- era tan fuerte que relegaba a un segundo plano la relación con un dios más lejano y abstracto. Hasta tal punto esto era así que el hagiógrafo más importante de Santa Orosia -Alavés y la Sala- se veía obligado a argumentar en el sentido contrario ante viajeros ajenos a Jaca, pues éstos no tardaban en detectar aquella, para ellos, irreverente relación[8]. El vínculo posesivo del montañés para con su santo le llevaba entre otras cosas a dirigirse a éste con una gran familiaridad alejada de formulismos; así, en la tierra de Biescas, se hablaba de Santa Eleneta, o en Sobrepuerto se relataba jocosamente el noviazgo entre San Bartolomé de Cillas y Santa Marina de Sasa -ermitas próximas-[9] y los escritores y articulistas que a comienzos del siglo XX se ocupaban del fenómeno del culto a Santa Orosia opinaban que la condición de montañés conllevaba un trato de «tú a tú» con ésta[10]. Esta misma relación hacía que la tradición popular vinculase a los santos no indígenas con la geografía de un pueblo o área que nunca pisaron; era el caso de Santa Quiteria, que atravesaría con su caballo el término de Avena, o el de Santa Elena, que, según los hagiógrafos, llegaría al monte de Biescas perseguida por enemigos -moros según la tradición popular-, levantaría el castillo de siglo XVI cuyas ruinas se ubican junto a su actual ermita y a donde, en otra incongruencia histórica, vendría a morir su nieto Constante, además -de nuevo según la tradición popular- la santa viviría como una campesina más, casada en un pueblo que se ubicaba junto al actual santuario. Lo mismo se puede decir de los santos vinculados de forma unánime por la hagiografía tradicional a una época y a una zona geográfica de la montaña: pueblos alejados se arrogan el haber tenido al santo entre ellos sirva como ejemplo San Úrbez en Martes (Canal de Berdún), o Santa Orosia en Alberuela de la Liena (Somontano). En resumen, la relación posesiva del hombre de la montana para con su santo y la táctica pedagógica utilizada por la Iglesia falsearon a veces hasta los hechos hagiográficos más objetivos. Para configurar la imagen que el montañés tenía de los personajes sobrenaturales, a las implicaciones señaladas que suponía su tendencia posesiva, habrá que añadir la autoproyección cultural que aquél ejercía sobre éstos; hasta tal punto esto era así que analizar la tradición que gira en torno a los patronos de la montaña, es tanto como hacerlo con la cosmovisión de los montañeses: el mundo de sus mitos, leyendas, creencias precristianas, superestructuras ideológicas, etc[11]. La importancia que cobra el mundo pastoril pirenaico alrededor de la hagiografía de San Úrbez y de Santa Orosia, constituye una prueba fehaciente de dicha proyección: en el caso de la última, un pastor es elegido por la divinidad para el reparto de reliquias que implicará la fijación del territorio protegido por la santa[12]; y en el de San Úrbez, el mismo santo encama el papel de pastor por los valles de Vió y Serrablo. La imagen que se tenía de los santos y de la Virgen dependía mucho de cómo fuese su representación artística[13]. Frente al mundo familiar, comprensible, tangible e inmediato de los santos y de la Virgen quedaba un nivel abstracto, patriarcal y temido -el de Dios-, más vinculado a la institución eclesial que al pueblo. En el campo del mal, el demonio también era un personaje familiar, al que, como se aprecia en algunas leyendas recogidas en Biescas, incluso se podía engañar con cierta facilidad[14]. A pesar de todo, la tendencia del montañés a concretar lo sobrenatural le llevaba a proyectar la maldad preferentemente sobre las brujas, sus delegadas, y personificadas en cualquier vecina del lugar. Los despoblados, como se aprecia en sus leyendas, constituyeron un núcleo generatriz de mitos y leyendas asociadas a lo diabólico, o, más genéricamente, a lo misterioso (moros, abuelas supervivientes, diablo, brujas, etc. En la religiosidad popular del Serrablo tradicional lo natural y lo sobrenatural, lo cristiano y lo pagano, estaban estrechamente imbricados. La Iglesia, consciente de la potencia del culto a la Naturaleza, lo utilizó, lo canalizó, no se impuso a él sino que se sirvió de los santos y de la Virgen para asimilarlo. Por eso, a lo largo del trabajo, se verá cómo el cristianismo ocupa un estrato entre el que emerge un micelio pagano al que se llega con facilidad. Así, San Úrbez, en su hagiografía, domina al oso, animal cargado de mitología en la sociedad pirenaica[15], al tiempo que hace lo propio con el resto de la Naturaleza (abejas, arroyos, nieve, etc.). Santa Orosia hace germinar y crecer instantáneamente los trigos, brotar fuentes, etc. San Miguel vence a las fuerzas del inframundo y, hace de bisagra en el ciclo económico y festivo de la montaña, etc.
La fusión entre lo natural y lo sobrenatural conllevaba a que el montañés atribuyese a la Naturaleza una cierta animación. Aspecto que se constataba especialmente, al igual que sucedía en el País Vasco[18], con los augurios de vida y de muerte; en el primer caso, el canto del cuclillo, un hueso de conejo colocado en las brasas del hogar y la figura de la luna, o una piedrecita arrojada, darían la clave, respectivamente, de los años de vida que quedaban, del sexo de la futura criatura, o de los años que restaban hasta la boda[19]; en el segundo, el canto del cabrero (lechuza) en lo alto de la chimenea por la noche, o el también nocturno de un gallo, o la entrada de un moscardón por la ventana, constituirían todos ellos indicios de que se iba a producir una muerte[20]. En esta misma línea de fusión entre lo natural y sobrenatural, se observa cómo el binomio «santolugar de culto» era pocas veces seccionado por el montañés, como lo prueba el bajo número de altares dedicados en el viejo Aragón tanto a San Úrbez como a Santa Orosia, patronos de la montaña e inseparables de lugares de culto concretos[21]. El carnaval, en su más amplio sentido, constituía un elemento donde el ensamblaje entre lo natural y sobrenatural, lo cristiano y lo pagano, era muy evidente; allí el rol de las personas, las creencias precristianas y el factor cristiano reconductor de éstas se fundían estrechamente. Así, por ejemplo íntegro, para Santa Agueda -fiesta de las mujeres- y en el Valle de Acumuer, éstas subían a tocar las campanas en lugar de los hombres con la creencia de que haciéndolo no padecerían dolor en los pechos durante todo el año.
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