Revista SERRABLO Edición Nº 110 Diciembre 1998 - Gentes de Gavín para asustar mosenes

Sumario

Editorial
José Garcés Romeo

Vocabulario de Sobrepuerto
José María Satué Sanromán

De vuelta al viejo Serrablo
Manuel Benito Moliner

Virgen con niño entronizada
Mª. Carmen Lacarra Ducay

El monasterio de San Salvador de Serué
Federico Díez Arranz

Gentes de Gavín para asustar mosenes
Domingo J. Buesa Conde

Mil años de historia de los valles de Serrablo y Fanlo (958-1958)
José María Establés Elduque

El lino
Julio Gavín Moya

Dos sirénidos del eoceno en la formación Belsué - Atarés
Guillermo Gómez

Poesía: Elegía pecuniaria
Nicolás Latorre

Maestros en Sobrepuerto
José María Satué Sanroman

Medianeta, un despoblado de Soduruel
Ricardo Mur Saura

En memoria de Rafael Andolz
Enrique Satué Oliván

Noticias


Amigos de Serrablo
Iglesia de Gavín en la guerra civil
Iglesia de Gavín en la guerra civil.
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Gentes de Gavín para asustar mosenes

Domingo J. Buesa Conde

En la mitad del siglo XVI estas tierras altoaragonesas viven una grave situación de conflicto, de ruptura de la convivencia, que venía arrastrándose a lo largo de la primera mitad del siglo y que no era otra cosa que una variante mas de ese estigma de la violencia que sacudió la sociedad europea en pleno triunfo del Humanismo. Robos y asaltos a mercaderes habían sido los hechos esporádicos que provocaron las primeras alarmas, atentados y saqueos sin piedad fueron los hechos que protagonizaron el final del proceso.
La Justicia no supo estar a la altura de las circunstancias y al final los diputados del Reino tuvieron que asumir el protagonismo y llamar la atención sobre los riesgos de no acabar con estos ciudadanos que "tienen osadía de delinquir, de donde se sigue mucho daño a la república" o bien común. A la postre el fracaso de la autoridad judicial provocó que el Virrey avisara de un grave peligro: "Si no se castiga a los malhechores. los oficiales estarán muy atemorizados" y nadie les pondrá coto a sus fechorías. En 1540 a estos conflictos se suman los propios del contrabando de caballos a Francia. Los bandoleros habían triunfado sobre la ley y la justicia.
En tomo al año 1550 las cosas se complicaron más y se sumaron múltiples conflictos protagonizados, en estos casos, por la propia nobleza aragonesa que también quería sacar sus ventajas aprovechándose de la compleja situación. En 1556 en las Cortes aragonesas se denuncia que "en el camino de Jaca, por ser tan fragoso, áspero y montañoso, ha acontecido hacerse grandes y muchos insultos, muertes y robos". Estamos ante un problema que se extiende por el territorio y por todas las capas de la sociedad. Un buen ejemplo lo tenemos en los que acontecen el año 1559 y en concreto en la zona de las tierras del Gállego.
Crecía el bandolerismo, crecía la impotencia del Ejército Real, y se consolidaba la decisión real de apoyarse en esta lucha en la propia nobleza, tarea en la que Felipe II no cejó de buscar la colaboración de los señores más notables, aunque a veces le salieran ranas. Matías Abarca es el señor de Gavín, un noble bien asentado en las tierras de Biescas y del Gállego, poseedor de un buen patrimonio y muy celoso guardián de un ilustre pasado que a él le parecía podía justificarle cualquier tipo de actuación despótica.
Por ejemplo la que tuvo en 1559 cuando decidió romper la vara del Justicia de Biescas, cargo que estaba ejerciendo tal tarea en la población de Gavín, según era costumbre inmemorial. La actitud soberbia del noble serrablés provocó un altercado notable contra la justicia y fueron el punto de inicio de una larga teoría de hostilidades protagonizadas por la villa de Biescas, la más dolida en este asunto, y por la ciudad de Jaca que pronto salió en defensa del Justicia atropellado.
El Justicia de Biescas, al verse arropado por éstas, decidió dictar sentencia sobre el propio suceso que él protagonizó. Condenó a muerte al señor de Gavín y situó al proscrito al margen de la sociedad civil. Pero el noble gavinense no se vio asustado v decidió que contra semejante ataque no quedaba otro remedio que contraatacar más violentamente. Formó su propio ejército y decidió presentarse ante la población de Biescas y atacarla violentamente. Violencia de actos que fue extendiéndose por el Valle de Tena, por la cuenca del Gállego medio y por el Campo de Jaca.
Las autoridades reales de Felipe II pronto se dieron cuenta de que Matías Abarca era un peligroso alterador del orden público, un ilustre hombre con notable pasado que mostraba a los ciudadanos que no era tan complicado ni infamante colocarse al margen de la ley. Y como se dieron cuenta del peligro, inmediatamente comenzaron a explicar que la causa de la situación del Pirineo era "por estar esta tierra tan tiranizada del señor que se dice de Gavín y de sus cómplices".
La semilla ya estaba creciendo y el ejército de la casa de los Abarca se paseaba impunemente por todo el territorio del Gállego e incluso por el Campo de Jaca. Un buen ejemplo de ello es la represalia brutal que se decidió cometer en el lugar de Navasa, población jaquesa en la que el señor de Gavín decidió asaltar la rectoría y acabar con la libertad del rector de Navasa, pero la operación no la protagonizó el mismo. puesto que entró en Juego su propio hermano Juan Bergua, con lo cual la operación se convertía en una acción familiar. El mosen vio llegar al hermano del noble con 16 lacayos de su servicio y pudo comprobar cómo le sacaban de su casa por la fuerza, acción previa a la quema de la residencia eclesiástica del lugar.
Desapareció todo rastro del ejército y del secuestrado párroco y cuando se estaban agotando los últimos focos del fuego que acabó con la rectoría y sus edificios anexos. cuando el Concejo de Jaca se vio en la necesidad de ordenar la persecución de los dos Abarca y de su cuadrilla. Era mayo de 1559 y el campo jaqués se vestía ya de primavera con la alegría de los colores y las largas atardecidas en las que volvían algunos soldados jacetanos agotados de rastrear sin éxito el rastro del mosen secuestrado.
El Concejo jaqués salió al paso de la agresión y al obispo no le quedó más remedio que seguirle el camino y nombrar nuevo rector para Navasa. Y allí se encaminó la nueva comitiva del recién nombrado mosen, pero antes de llegar a tomar posesión ya era recibido con malos tratos y el noble Gavín lograba acabar con este proceso de manera tajante. A uno de los componentes del séquito del nuevo cura lo mataron por no hacerles caso y a los demás los apresaron, a todos incluido el notario eclesiástico que estaba encargado de tomar nota de la posesión de la cura de almas por decisión del obispo. Las cosas cada vez estaban peor. El señor de Gavín, más firme en sus posturas de fuerza, los vecinos de la zona buscando la unión para hacerle frente y desde luego los curas de la Diócesis temblando continuamente ante el peligro de verse convertidos en el tercer mosen que secuestraba y que desaparecía de la faz de la tierra. A nadie le apetecía subirse a la burra y marchar hacia Navasa para probar el susto de ver cómo los lacayos de la ilustre casa de los Abarca hacían saltar con la culata de su arma la teja eclesial que ponía cielo a las coronillas de los mosenes renacentistas. Y desde luego el Justicia de Biescas no cogía los trozos en que había quedado su vara ni por equivocación aunque estuviera solo. Todos esperaban que las nubes de la primavera dieran paso al esplendor del verano. Un verano para disfrutar entonces y ahora.

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Actualización: miércoles 27 de enero de 1999
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