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Sumario

José Garcés Romeo

José María Satué Sanromán

Manuel Benito Moliner

Mª. Carmen Lacarra Ducay

Federico Díez Arranz

Domingo J. Buesa Conde

José María Establés Elduque

Julio Gavín Moya

Guillermo Gómez

Nicolás Latorre

José María Satué Sanroman

Ricardo Mur Saura

Enrique Satué Oliván

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De vuelta al viejo Serrablo
Manuel Benito Moliner
Tres viajes llevamos hechos a este antiguo municipio y hoy vamos al por el cuarto que ni mucho menos será el definitivo, dada la amplitud y lo anfractuoso del territorio. El eje para comunicar los despoblados caseríos serrableses lo constituye la carretera de La Guarguera, desde allí en dirección Boltaña avistamos el arruinado caserío de Cañardo a 1.062 m. de altura, en la falda solana de la Sierra Canciás. Aparcamos a la entrada, tras un kilómetro de pista, evitando hacerlo bajo la línea de alta tensión que silba sobre nuestras cabezas.
Los censos del siglo XV le dan 4 casas aunque sólo llegó con 3 al XIX. Conoció su mejor momento en el siglo XVII, fecha en la que se levantó su iglesia de cierto empaque para lo exiguo del caserío y la casa Grasa, entre cuyas ruinas destaca una gran chimenea tronco-cónica. El pajar que sirvió a esta casa para la trilla es de buenas dimensiones y tiene al frente alero de amplio vuelo para proteger la mies. Tras la iglesia queda una casa con las fachadas aún en pie, pero con el interior totalmente arruinado.
Cañardo llegó a tener 32 habitantes en 1857 -casi 11 por casa- que vivieron de la agricultura: trigo, avena, centeno, algunos huertos junto al Guarga y unas cuantas ovejas. Completaban el condumio con truchas del río y perdices y conejos cazados en los montes. Por aquí pasó el viejo camino de Barbastro a Jaca.
Me entretengo contemplando la iglesia de San Martín, con profundas y mortales heridas en su estructura, quizá ya no vuelva a ver lo que queda de su campanario a punto de desmoronarse. Abajo pacen un puñado de ovejas que descompasan sus esquilas por la ladera sin que nadie las vigile. A mediodía asoma la iglesia de Secorún, bajo la muela que albergó su documentado castillo y que creo aún sostiene la ermita de Santiago. La torre eclesial emerge como una sombra negra distorsionada por la neblina que aparece al mirar al sur. Salimos de Cañardo en esa dirección, tomamos junto al río la pista que llevaba a la antigua cabecera municipal y digo llevaba porque hoy no lo hará, un enorme pino ha caído sobre el camino formando una barrera infranqueable para el vehículo.
Volvemos al asfalto y pasamos por Laguarta buscando la pista que va a Matidero y que conecta con la de Secorún al sur de esta localidad. La encontramos pero una valla nos impide el paso, el camino según el mapa es público. Siempre me cabreo con estas cosas, pero cuando esto escribo acabo de llegar de Extremadura y después de ver aquella región completamente cercada donde todo es particular, uno casi se conforma con la suerte de acabar la excursión, de cuando en cuando, frente a una alambrada. Esto no es óbice para que los caminos si son públicos, lo sean de verdad y se mantengan expeditos. Si hoy hubiera un incendio por estas tierras, habría que tirar de motosierra -entre prisa y prisa- para entrar por Secorún o ir a buscar la llave de la puerta que franquea el acceso a la antigua Honor de Matidero.
El monte está en manos de profesionales que le ponen cerco, de lejanos cazadores estresados que vienen aquí para disparar a todo lo que se mueva -para eso pagan-, de cuatreros y mangantes que aún expolian sistemáticamente lo que parece inexplotable, hongueros que destrozan las capas fértiles de los bosques, llenando las pistas de rodadas en procesiones destructivas que sólo dejan las bolas del papel aluminio en las cunetas. Y entre esta marabunta el viajero que quiere pasear por un bosque, visitar un pueblo o un santuario en medio de toda clase de dificultades.
Buscamos ahora un acceso hacia Torrolluala del Obico, dejando varias pistas con cadenas en el suelo que no llevan a ningún Sitio. Por fin damos con la buena -no tan buena en cuanto a firme- que atraviésa el barranco de San Juan, adentrándose en un bosque donde las motosierras han tenido trabajo para cortar los pinos caídos sobre el camino. La pista se hace muy terrosa con grandes charcos que ocultan profundos agujeros. Por el costado vemos asomar las casas de esta antigua población. Las Torrollualas son dos aldeas que se sitúan una en un llano, por eso se llama de La Plana, y esta en la que estamos que debió ser un barrio de aquella pues en aragonés o bico es el barrio. Estamos en este bico, que llegó a censar cuatro casas y 42 habitantes, a 1.117 m. de altitud, el caserío se dispone en una suave ladera con una plaza donde aún se ve el horno comunal para el pan, una calle estrecha está flanqueada por una casa grande con una portada curiosa de dovelas encabalgadas sobre jambas monolíticas a través de dos pequeños sillares que hacen de ménsulas, en la clave hay grabado un esquemático jarrón. La obra parece del XIX pero basada en fórmulas que se hallan presentes en estas tierras ya en el XVI. La pueden ver en la foto.
La iglesia de san Andrés es del siglo XVI, queda algo alejada del pueblo, en una umbría hacia poniente, es pequeña con torre campanario y coro a oriente, por lo que el altar quedaría al Oeste. Esta alteración de una norma básica como es la Orientación del altar, se debió de producir en una reforma de la iglesia efectuada en el siglo XVIII, momento en el que ya sólo importan las normas arquitectónicas. De esta época quedan en la pared meridional unas pinturas alusivas a la Pasión (llevan la fecha de 1774).
Junto a la iglesia está el pequeño cementerio donde quedan un par de lápidas de los años 60, con otros nichos abiertos que contienen esqueletos revueltos y enmohecidos. El expolio no respeta nada y sus fieles servidores no tiene reparo en buscar una muela de oro, un anillo o algún objeto de valor, los huesos quedan al azar y, a veces como en este caso, la calavera contempla el resto de su cuerpo un poco apartada. El cementerio y la calavera son dos cuestiones muy presentes en el romanticismo, tanto en la pintura como en la literatura, recuerdo ahora El Clavo, bonita historia de Pedro Antonio de Alarcón que parte del hallazgo de una calavera con un clavo penetrándola. En mi casa guardo una calavera que me acompaña desde mis tiempos de estudiante de medicina, y sobre ella unos versos de José Emilio Pacheco: Este cráneo se vio como hoy nos ve / como hoy lo vemos / nos veremos un día.
Seguimos la pista, cerca hay un molino sobre las aguas del Isuala que por aquí anda recién nacido, para arribar a las casas de Montalbán: dos casas arruinadas y dos bordas aún en pie. Este camino vio transitar a los primeros viajeros franceses que promocionaron la zona de Guara turísticamente: Lequeutre, Saint-Saud y Briet. Lucien Briet pasó un par de veces por aquí, en una de ellas describió:
Montalbán era una pequeña granja melancólica y abandonada; allí nos reunimos con el maestro de Rodellar que, como nosotros, también se dirigía a Boltaña. El terreno se iba haciendo más uniforme, cubierto de landas y de bosquecillos. Habían alineado unas grandes piedras llanas a través del Isaela (Isuala o río Balcés), para que los peatones pudieran pasar este río, que discurría silenciosamente, como un torrente exiliado en medio de un desierto.
Cerca quedan las ruinas de la Pardina Albás a caballo entre los valles de Serrablo y Rodellar, alejada de Otras poblaciones por lo que siempre acogía al viajero que iba de la montaña al llano en busca de aceite y vino. Lucien Briet se albergó en ella y nos la describe perfectamente con su ermita de San Pedro sobre un alto. Cuando Briet llegó tuvo la suerte de que celebraran la patrona de la casa: la Asunción, ello le propició un suculento banquete que, como hoy es domingo y hay que abrir el apetito, reproduzco de su puño y letra:
sopa de arroz, garbanzos, cordero cocido con tocino, cordero frito, una ensalada de tomate y de cebollas, perdices, jamón frito con aceite y sabrosas patatas y una tortilla con tomate. De postre nos dieron uvas y ciruelas. El café y el anisete coronaron dignamente aquellas bodas de Camacho...
Cuando Briet doblaba la servilleta llegó un mozo con truchas del río y la dueña se ofreció a freírselas pero Briet que era más viajero que turista, denegó la oferta y ordenó a sus hombres la salida hacia Rodellar.
Si no han leído a Briet, háganlo. Sus escritos complementados por unas extraordinarias fotografías, nos transportan a un Alto Aragón lejano y perdido que aún podemos imaginar gracias a sus magníficas descripciones.
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