Revista SERRABLO Edición Nº 104 junio 1997 - Veterinaria popular en una pequeña area de Serrablo

Sumario

Editorial
José Garcés Romeo

La arquitectura popular en las distintas áreas de Serrablo
José Garcés, Julio Gavín, Enrique Satué

Vocabulario de Sobrepuerto
José María Satué Sanromán

Sabiñánigo. Serrablo. 1931-1938.
José Carlos Castán Ara

Los Abarca: Señores de Gavín y de Serué
Manuel Gómez de Valenzuela

Diccionario Etimológico de toponimia serrablesa
Antonio Pérez Conte

Veterinaria popular en una pequeña area de Serrablo
José Angel Gracia Pardo

El cañamo
Julio Gavín Moya

Actividad fronteriza en el pirineo aragonés
Pablo Desportes Bielsa

Patrimonio
Fernando Alvira Banzo

Pastorada de Santa Orosia 97
Graciano Lacasta Estaún

Noticias


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Veterinaria popular en una pequeña area de Serrablo

José Angel Gracia Pardo

El presente trabajo se ha efectuado a partir de algunas encuestas realizadas en una pequeña área de la comarca de Serrablo, que comprendería la Guarguera media y la zona norte del valle del Basa. Se efectuaron, en su mayoría, durante el año 1995, no siendo la materia en cuestión el tema central de las entrevistas, pero, dado el interés que puede suscitar, he creído oportuno reorganizarlo en el presente artículo. La intención de éste es ofrecer una pequeña muestra del buen hacer de nuestros antepasados a la hora de realizar las curas más cotidianas relacionadas con los animales que criaba, que en buena parte, era la base de su existencia a lo largo del año. Así pués, veremos como sanaban golpes, ramazos, contusiones, etc., siempre debidos a causas exteriores, y en algún caso, enfermedades que se desarrollaban en la piel, o en el cerebro, narrados estrictamente bajo el punto de vista de la tradición popular. Hay que señalar, que éstos remedios no se pueden generalizar sistemáticamente a toda el área que nos ocupa, sino que son variables, incluso entre pueblos vecinos. Sólo me resta agradecer a todos los informantes, que con mucha amabilidad contestaron a las entrevistas, especialmente a José Otín Otin, natural de Artosilla, que a sus 89 años, es un "diccionario" de sabiduría popular.

Entre las caballerías, las enramaladas y las enrejadas, solían ser dos contusiones muy frecuentes, la primera debida al roce originado por el ramal, al liarse por las patas del animal, y la segunda producida por un golpe dado con la pata en el aladro.

Para ambas lesiones, se preparaban dos tiedas, entre medio de ellas se ponía un trozo de tocino, se ataba con alambre y se le prendía fuego. Fluía un caldo negro que no se secaba, pudiéndolo guardar para otras ocasiones. Se extiendía este líquido por la zona afectada hasta que sanaba.

Pero también, acudían a ciertas personas, que tenían la facultad de curar enrejadas por medio de una oración, transmitida por tradición oral de padres a hijos, a la vez que hacían la señal de la Cruz sobre la herida;

"Sangre, detente en tus venas,
que Jesucristo pasó muchas penas.
Golpe mal dado,
golpe curado,
como las llagas de nuestro Señor Jesucristo"
[1]

Para curar heridas en los ojos, golpes, pinchazos, etc. con derramamiento de sangre y de líquido ocular, se le ponía al animal en cuestión sal y miel en el pulso para aliviarle el dolor. Luego se cogían cáscaras de caracoles y se quemaban en las brasas. En principio, tomaban un color negro, y después, blanco. Era el momento de sacarlas y molerlas. Se pasaban por un ceazo, para que saliese un polvo muy fino. Mas tarde se cogía una cañeta hueca, y se ponía el polvo, aplicándolo, mediante un soplido, directamente al ojo del animal. Debía prolongarse esta cura durante nueve días seguidos. La miel y la sal, se dejaban de poner en el momento que el animal no sufría.

Al andar por los pinares, eran muy frecuentes los ramazos en los ojos de los animales. Para aliviarles el dolor, se les lavaba el ojo que había sufrido el golpe con agua fresca, y se clavaba una puncha d'arto u allaga, de unos cuatro centímetros, atravesada en la punta de la oreja correspondiente al mismo lado que el ojo herido. Para que no se cayese, había que hacer un par de osquetas en la mitad del palo. Al poco rato a funcionar.

Otro método utilizado, entre el ganado ovino, era atar un hilo negro en la oreja del mismo lado del ojo herido, en ovejas blancas. En ovejas negras era preciso atar un hilo blanco.

Un remedio, que todavía es usado, es echar sal fina en el ojo dañado. Si el golpe producía cataratas, se sacaba la tela y se cortaba.

Otra afección, que a menudo solía afectar a las caballerías, era, trás un golpe, la inflamación. Para rebajarla se ponía buro, el mísmo que se utilizaba para la construcción de paredes y tejados. Se amasaba con sal y vinagie, consiguiendose una masa oscura y pegajosa. Aplicandose directamente sobre la zona afectada se consiguía su desinflamación. Si quedaba pús en la herida, se pinchaba para que saliese, y se lavaba con agua salada para su desinfección.

Para curar higos y verrugas entre las caballerías, los cuales eran totalmente diferenciables, existía una pomada, ya a primeros de siglo, llamada "ESCARLOTINA DÍAZ", que extendía el "boticario" sin ningún tipo de receta. Se aplicaba directamente sobre el "higo" o verruga, habiendo se asegurado que el animal estaba bien atado, "pues si se laminaba no actuaba la pomada". Se volvía de color negro y se secaba. Si era un "higo", más tarde salía un "gibo", protuberancia que levantaba "carne y pelo", que había que volver a curar con la crema, desapareciendo a los 8 o 9 días.
Si era verruga, "levantaba carne y sangre, pudiendo ser ésta macho o hembra". Según la tradición popular, no se podían matar todas, "porque a lo mejor le salen dentro del cuerpo y entonces muere el animal".

Al cargar en exceso a los machos o burros, o por el exceso de suciedad en algunos puntos de los bastes, con lo que dejaban de ser almohadillados, etc., se producía una rozadura, que se llamaba cascadura. Consistía en el levantamiento de la piel, cambiando en ese trozo el color del pelo. En los machos pardos o negros, se producía una malleta blanca.

Para sanar esta cascadura, se preparaba un brebaje compuesto por venas de urmo troceadas, sal y salvia, poniéndose a hervir en una caserola con agua durante 30 minutos. Daba como resultado un líquido amarillento, que se denominaba agua olmera. Aplicándose durante dos o tres días seguidos, desaparecía la rozadura.
Este remedio era muy apreciado, pues sanaba males que miraban al cielo, males, que según la tradición popular, eran peligrosos y dificiles de curar.

En otras ocasiones, en vez de producirse una cascadura, aparecía un callo. Para que desapareciese, se untaba con manteca de cerdo todas las noches, hasta que se ablandaba. Después se extraía, o acababa por desaparecer.

Para que no se hincara más, se ponía en el baste o en el jugo, una almohadilla de lana.

Continuará


  1. Recogido en el trabajo "Recopilación de tradición oral en el pie de monte de Guara", de próxima publicación.

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Actualización: 09/03/2000
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