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Sumario Editorial La arquitectura popular en las distintas áreas de Serrablo Vocabulario de Sobrepuerto Sabiñánigo. Serrablo. 1931-1938. Los Abarca: Señores de Gavín y de Serué Diccionario Etimológico de toponimia serrablesa Veterinaria popular en una pequeña area de Serrablo El cañamo Actividad fronteriza en el pirineo aragonés Patrimonio Pastorada de Santa Orosia 97 |
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Una familia de señores feudales en el Alto Gállego
Manuel Gómez De Valenzuela
Padre e hijo parecen haber salido vivos de esta persecución, aunque sin duda hubieron de pagar una fuerte multa en concepto de calonia o indemnización a sus víctimas. Ello no les hizo cambiar de conducta. En 1426, durante los bandos entre Urriés y Gurreas, los Abarca tomaron parte por los Gurrea -con quines estaban unidos por lazos matrimoniales desde el siglo XIII- contra los Urries, cuyos partidarios tensinos fueron los Lanuza de Sallent, y pasaron a sangre y fuego el Valle de Tena. Los
tensinos se defendieron como pudieron e incluso enviaron mensajeros al Gobernador General para pedirle ayuda, teniendo en cuenta que el Valle estaba en gran congoxa. La Junta del Valle, viendo que iban entrando gentes de Guiralt Abarca que eran acogidos en la torre que Sancho Miguel Sánchez tenía en Sallent, le pidieron explicaciones pues querían ser ciertos si ellos en calian recelar. El infanzón respondió con altanería que estaba dispuesto a hacer lo que debía, pero que acogería
en su casa a Guiralt Abarca. Los sallentinos, que debían estar llegando a la conclusión de que sí calían recelar, y mucho, convocaron al Lanuza y le exigieron que no metiera gente en el Valle. Las cosas llegaron a tal punto que doña Violante de Luna, señora de Escuer, pidió al Gobernador General la aposición de pendones reales en sus dominios, como signo de su protección, a fin de que los de Abarca, que encaramados en su torre de Lárrede avizoraban el castillo de Escuer desde el otro lado del
Gállego, no se atrevieran a atacarla. Pocos días después se firmó la primera tregua entre Guiralt Abarca y Pedro de Lanuza. Siguieron unos años confusos de ataques de unos a los bienes y especialmente a los rebaños de los otros, que intranquilizaron toda la montaña. Entre otras hazañas de la garrida de Guiralt Abarca figura el robo, en el camino real, de las ovejas que un ganadero de Pina había encomendado a Juan de lo Río, habitante en Panticosa. Hacia 1431 las banderías fueron remitiendo, cuando ya había muerto don Ruypérez de Abarca y Rodrigo Abarca, hijo de Guiralt, el nuevo señor de Gavín, seguía los pasos de su padre y recorría el Alto Gállego con su banda de facinerosos. Sabemos de él que había dado muerte a Pedro y Sancho del Cacho, naturales de Escarrilla. En 1431 firmaron las treguas con la familia del Cacho, por las que ésta se comprometía a no venir contra la casa de Gavín y Rodrigo a no atacar a los Cacho. Este documento y las instrucciones del infante Don Alfonso nos revelan la composición de aquellas bandas: en ellas figuraban bearneses de los valles de Aspe y Ossau, gentes de lugares pirenaicos como Sasal, Biescas, Cenarbe y otros de regiones más lejanas como Juan el castellano o con apodos poco tranquilizadores: el bastardo de Naval, Miguel el Gacholo, Peyrolet de Malaslobas y el Migualañas. Don Guiralt prosiguió su azarosa vida. El 7 de Agosto de 1443 en el verinal de la iglesia de Sallent, donde estaban reunidos los notables
sallentinos, compareció en elevado estado de indignación el honorable Guirauton de Santa Coloma noble osalés, quien tras invocar los pariages y carta de paz de los Valles de Tena y Ossau, relató como los hombres del Señor de Gavín habían atravesado el Valle de Tena, cruzado el puerto de Peyralun y allí, tras haber aprisionado y atado a los vaqueros, le habían robado sus vacas, que se llevaron a Gavín. Parece al menos discutible que los tensinos tuvieran que responder de las fechorías del barón, pero como
hombres de honor que eran decidieron cumplir con la Carta de la Paz y devolver el ganado a su propietario. Enviaron unos emisarios a don Guiralt, que debieron ser elocuentes y utilizar razones de peso, supongo que la amenaza con la guerra abierta entre la baronía y el Valle, pues dos semanas después los animales habían sido devueltos al bocau de Peyralun donde se hicieron cargo de ellos los pastores de don Guirauton. Ante la reclamación del noble osalés de daños y perjuicios por el mal estado
en que había recibido las vacas, totalmente explicable tras dos carreras desde el puerto hasta Gavín y vuelta, los tensinos perdieron la paciencia, afirmaron que suficiente habían hecho con recuperarlas y añadieron que si tenía alguna reclamación, que se entendiera con don Guiralt, que era quien había robado los animales. Don Guirauton debió callarse, pues sabía cómo se las gastaba el barón. Su hijo Rodrigo Abarca, tras sus fechorías al frente de la banda, parece haber llevado una vida más
tranquila, así como sus dos sucesores, los dos Lope Abarca, a los que vemos procurando las paces entre vecinos, actuando como miembros de tribunales arbitrales en conflictos entre montañeses y evitando estallidos de banderías a fines del siglo XV. También don Sancho, el valiente y generoso defensor de los puertos de Sallent, parece haber pasado por la vida sin especiales demasías. Su hijo, Martín Abarca, tuvo breve existencia. Solo conocemos de él un incidente con el Comisario de la veda de
panes del Valle de Tena al confiscarle en el Pueyo siete acémilas que transportaban trigo de contrabando hacia Francia, a pesar de la prohibición de la diputación del reino. Le heredó su hermana, doña Ana, hembra bravía que se vio involucrada en las banderías entre Latrases y Abarcas que ensangrentaron el Pirineo a mediados del siglo XVI. El uno de Enero de 1549, los vecinos de Yésero enviaban una carta llena de lamentos a los jurados de Jaca explicándoles que en los últimos días del año,
había pasado por el lugar el señor de Escalona con su gente. Los vasallos les dieron posada y albergue e incluso les vendieron provisiones. Al enterarse doña Ana del hecho, recibió muy grande ira y enojo contra ellos, y mandó meter en la cárcel al alcayde, los jurados y al tabernero. Ante la gestión de los jacetanos en favor de los pobres vasallos, doña Ana respondió con una carta llena de arrogancia, acusando a los de Yésero de connivencia con sus enemigos e informando a los jaqueses
que, además de estos, tenía a otros trabados y encarcelados. Concluía negándose terminantemente a ponerlos en libertad. Algo de razón tenía doña Ana al desconfiar del de Escalona, ya que el 31 de Enero, pocas semanas después de lo relatado, los jurados de Biescas pedían ayuda a los de Jaca tras informarles que la Señora y casa de Gavín estaban en guerra con don Pedro de Latrás ayudado por los señores de Escalona y Vililla con más de 500 hombres que habían tomado el lugar y asediado el
castillo, desde donde los vasallos se defendían a tiros. Los jurados de Jaca, que debían estar hartos de los Abarca se dirigieron al Gobernador de Aragón, pidiendo el envio de tropas y mandaron mensajeros a Biescas a intentar lograr el cese de las hostilidades. Doña Ana de Abarca casó con su primo, Matías, al que ya hemos visto actuar, y entre los dos continuaron las banderías al menos durante siete años, ya que en 1556 el Abad de Montearagón pedía a los jurados de Jaca que pusieran paz en
esas guerras entre Abarcas y Latrases, que aún duraban. Y luego vino el conflicto de la jurisdicción, todo lo cual dejó casi arruinada la casa de Abarca, como se ve por los equilibrios financieros que tuvo que hacer su hijo y sucesor para poder pagar sus deudas. La vida de don Francisco fue también impresionante: tras perseguir a los Arcas, famosos bandoleros, prosiguió la lucha contra los Latrás, a su costa y sin aceptar los fondos que la Hacienda Real había puesto a su disposición.
Fracasó totalmente en su empeño y fue destituido por los Diputados del Reino. Quizás para quitarse el mal gusto de este fracaso, emprendió viaje a Flandes. A su regreso, dirigió la resistencia contra la invasión bearnesa, sufrió cautiverio en Lourdes y murió a principios del siglo XVII. De los siete hijos que tuvo, solo debió sobrevivirle el tercero, Matías, que a principios del siglo XVII se hizo cargo del señorío, ya bastante maltrecho. Mantuvo un largo pleito con sus vasallos, tuvo que
sufrir otra vez la aprehensión de la casa y estados y logró, tras una sentencia favorable, restablecer un tanto su patrimonio, a costa de los vasallos. Parece que fue a vivir a Huesca, donde llevó una vida más pacífica que las de sus antecesores. No tuvo hijos varones: le sucedió su hija Ana de Abarca que murió sin hijos. Y el señorío de Gavín pasó a los Abarca de Bolea. ¿Qué conclusiones podemos sacar de este apresurado recorrido por la historia del linaje de los Abarca a lo largo de
dos siglos? ¿Podemos siquiera juzgarlos con nuestra mentalidad de hombres y mujeres de fines del siglo XX? Hemos visto en ellos grandes virtudes y grandes defectos, actos heroicos y vilezas incalificables. Pero hay un hilo conductor que recorre todas estas biografías: la conciencia de su nobleza, de su superioridad con respecto a los demás mortales, que les impone deberes, que cumplen fielmente, pero también les concede derechos, cuyo respeto exigen y hacen cumplir frente a quien sea. La entrevista de Don Sancho y don Tristán Abarca con los síndicos tensinos, casi tirándoles a la cara el dinero que vienen a ofrecerles y la altiva respuesta de doña Ana de Abarca a los concejales de Jaca revelan esta conciencia de la superioridad que creían les daba su antiguo linaje, desde cuyos origenes llevaban sangre de reyes. Y no era creencia suya propia: recordemos las palabras del Arzobispo don Hernando de Aragón al hablar de la antigüedad y nobleza de la Casa de Gavín. Y en cuanto
a crímenes, recordemos el de don Guiralt al asesinar al hijo menor de edad del biesqués que se atrevió a ponerle pleito por una torre. Eran capaces de llevar la defensa de sus derechos con la más absoluta cerrazón, en esos arrebatos de nihilismo tan propios de los aragoneses, que, una vez convencidos de que el derecho está de su parte, no se arredran ante nada, al igual que el Papa Luna, Martín de Lanuza, el pueblo zaragozano de los Sitios y tantos otros ejemplos posibles en nuestra
historia, que configuraron esa galería de fracasados ilustres, capaces de llenar un martirologio civil, orgullo de un pueblo como escribiera don Mariano Baselga. Ello se ve en los miembros de esta estirpe: son capaces de llegar al destierro y la muerte para defender lo que ellos consideran sus derechos: por ejemplo la jurisdicción sobre sus vasallos, que les cuestan guerras, proscripciones, la ruina e incluso condenas a muerte como a don Francisco Abarca en su largo pleito por defender
su derecho a la jurisdicción en unos momentos de graves apuros económicos. Se consideran detentadores de un patrimonio histórico encarnado en ellos que deben transmitir a sus herederos para garantizar la permanencia de la Casa, con todo su esplendor, incluso aceptando la alternativa de su aniquilación antes que ceder un ápice de sus derechos ancestrales. La conciencia de su supremacía hace que solo estén sometidos a las leyes que ellos mismos se establecen y aceptan. Para ellos,
los Fueros, la autoridad de Obispos, funcionarios, Jueces, Ciudades y Universidades no existe: nadie, salvo el Rey, puede imponerse a un linaje como el suyo. Por ello sus demasías: don Rodrigo y don Guiralt recorriendo la montaña a sangre y fuego, robando, matando e incendiando, doña Ana encarcelando a medio pueblo de Yésero, don Lorenzo arcabuceando al Obispo de Jaca, don Matías rompiendo la vara del Justicia de Biescas. Solo la fuerza logra doblegarles: don Guiralt tuvo que devolver las vacas
bearnesas ante la amenaza de una guerra con los tensinos. Pero un principio queda a salvo: la fidelidad al Rey. Al Rey no se le discutía, se le consideraba como la autoridad suprema, centro y polo de atracción de toda su fidelidad. En ningún momento dudaron en acudir a su llamada y defensa, a lo largo de los siglos: desde la rebelión del Conde de Foix a la invasión de los hugonotes. Lo consideraban su deber de nobles y lo cumplían a rajatabla, sin pretexto ni duda alguna. Y esta línea
de conducta era común a todos los señores pirenaicos: como lo prueba el impresionante cuadro de honor que traza Blasco de Lanuza de los infanzones aragoneses que acudieron a cortar el paso de los invasores gascones en 1592. Y esa misma condición de miembros de una casta superior les conducía a comportarse de forma distinta a los de aquellas que consideraban inferiores: el sentido del honor, el respeto a la palabra dada constituyen su regla de conducta, como hemos visto con don Lope y don
Francisco al respetar las compras ficticias, en el segundo caso, después de un siglo. No cabe duda que por un lado aterrorizaron a sus contemporáneos, pero por otro gozaron de su respeto y tuvieron un gran ascendiente moral sobre ellos. No puede explicarse de otra forma el hecho de que, recién regresados de su destierro, y terminadas las bárbaras rencillas con Biescas, fueran llamados precisamente don Matías y don Juan a presidir un tribunal arbitral en el Valle de Tena. Este respeto se
detecta a lo largo de todos estos siglos: su presencia en tribunales, en la administración de justicia y de mediación es frecuentísima en la documentación, especialmente en tiempos de los Lopes, a fines del siglo XV, quizás influidos por sus madres y las mujeres de la familia. En dos casos se observan estos contrastes especialmente: don Matías y su mujer escriben violentas cartas al Concejo de Jaca, verdaderas declaraciones de guerra, que concluyen con fórmulas de la más refinada cortesía;
Lorenzo Abarca fue capaz de disparar el arcabuz contra el Obispo, atrayéndose las iras del propio Felipe II, pero cuatro años después lo vemos de concejal en Huesca y como alférez de la compañía de esa ciudad luchando contra los bearneses en servicio de su Rey, para concluir como Diputado del Reino durante cuatro años. Los Abarca tuvieron que vivir en un mundo en cambio, que se les echaba encima y que no admitían. El acrecentamiento del poder real y la paulatina creación y afirmación
del estado moderno y absoluto van recortando sus atribuciones. Se mueven en un mundo que no comprenden y que poco a poco va minando su orgullo feudal. Quizás el último representante de esta raza fuera don Francisco Abarca: su hijo Matías parece ya más adaptado a los nuevos tiempos y nuevos principios. El linaje como tal y los individuos que lo formaron son ejemplos de una enorme complejidad sicológica, con aspectos incluso contradictorios. Al estudiarlos, me ha venido a la memoria el
axioma de Gracián: Visto un león, vistos todos, visto un cordero, vistos todos, pero visto un hombre, visto uno solo y ese, no del todo. La historia de este linaje provoca una enorme fascinación, sus miembros recuerdan irresistiblemente los personajes de las Comedias Bárbaras de Valle Inclán. Por ello, he querido esbozar ante ustedes la historia de los Barones de Gavín, para evocar aquella estirpe de aragoneses de siglos pasados, que con sus virtudes y defectos, sus crímenes y
heroicidades, colaboraron a crear y mantener a nuestro Viejo Reyno a lo largo de su complicada y a veces tormentosa historia. |
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