Apodos Altoaragoneses

En la localidad de Latas, junto a Sabiñánigo, sita sobre una corona, recibían el sobrenombre de latosos, amparándose los creadores en la dualidad del vocablo en tanto que gentilicio derivado del nombre de la aldea y en el adjetivo calificativo para definir a personas de carácter pesado y aburrido. A los de Latas también se les conocía como los del lugar blanco. Un vecino de la citada aldea nos decía que antiguamente el vecindario construyó un horno de cal, que estaba situado en la partida denominada "Santa Cilia". Lo construyeron de bezinal, es decir, de forma comunal y para celebrar el acontecimiento social con la primera hornada de cal blanquearon todo el pueblo y como está sobre una corona dominante y tan bistero se veía desde muchos lugares limítrofes del Serrablo. A causa de ello se le quedó el sobrenombre de o lugar blanco. Además se ideó una frase hecha que tuvo mucho prestigio oral en la sociedad tradicional: cuando los niños de las aldeas serrablesas daban la murga y pedían de merendar o sencillamente se comportaban pesadamente, la madre o el padre les decían como dando a entender que cejaran en su impertinencia y que no les iban a hacer caso a pesar de la murga: ¿ Quieres pan, mozé ?.. ¡Marcha a Latas, qu'e ye lugar blanco! Otra frase hecha que se atribuía a esta aldea era la siguiente: Latas, o lugar donde se da la güelta l' aire. y es que como la localidad sur monta toda la planicie sedimentaria del Gállego, allí se concretizaba un rompiente Úatural de aire, especialmente del cierzo de poniente. Ese aire crudo pegaba frontalmente y después ascendía menos furo por la Ralla un contrafuerte del monte Santa Orosia, en dirección a las altas tierras del Sobrepuerto.

A los de Senegüé parece ser que los sobre nombraban caparnas -garrapatas-, aunque este apodo no tenía nada de popularidad en la zona) debemos mostramos cautos a la hora de apropiarlo. Por supuesto se desconocía la causa Caparna o caparra en sentido figurado es una persona de carácter pegajoso y abrumador. Las garrapatas son animales parásitos -especialmente de los canes- que viven absorbiendo la sangre de los animales a los que se aferran.

A los de Javierre del Obispo se los apoda cornudos. Al parecer la memoria popular ha conservado la creencia de que en otros tiempos este lugar se denominaba Javierre de los Cornudos, tal y como ha conservado también que se llamó Javierre de las Gargantas (hacia el monte de Santa Orosia las hay) y también Javierre de las Casas. Ya sabemos que enlazado con esto última denominación vascuence "etxe berri" o casa nueva. El apodo es un tanto infamante y en tiempos podría resultar peligroso pronunciarlo entre el vecindario. Los de Javierre, para desembarazarse de la infamia, cuando les recordaban el apodo, contestaban de latigazo: ¡Cornudos os que pasan! También ha quedado constancia oral de un fenómeno morboso: allí donde moraron frailes, monjes, canónigos y demás eclesiásticos se les atribuye –legendariamente- la paternidad sobre buena parte de los niños de esas aldeas. Como predicaban la castidad y la edificación, a poco que no se mostraran consecuentes en su comportamiento con sus doctrinas se convertían en centro de la sátira popular. Un informante de Satué nos comentaba que Javierre lució el estrambote denostativo de los cornudos, hasta que salió un obispo oriundo de casa" Fenero" -otros aseveran que de casa "Oliván" -que se llamaba Juan Fenero y que a causa de ese evento municipal se trocó el adjetivo de cornudos al actual de los obispos.

A los vecinos de Arguisal los apodaban picarazas. En Arguisal -a la vera del Gállego- había mucho soto y allí criaban las picarazas -urracas-. Por extensión, cuando en un corrinche de tertulias se organizaba un pandemónium de voces y había mucha algarabía y bulla, alguien decía formulariamente: ¡Charráis más que las picarazas d'Arguisal!

En Lárrede tenían dos apodos municipales. Los llamaban pulidos y entre las gentes entrevistadas que conformaron la sociedad tradicional era algo contrastado que los vecinos de Lárrede propendían a la petulancia y eran definidos como de presumidos. En Oliván nos decían que eran algo pinchas y que se las daban de ir bien trajiaus. En Latas nos dijeron que eran muy atildados y cuidadosos en el atuendo. Además recibían el sobrenombre de palomos y al parecer no tenía ninguna conexión con el otro apodo. Como ocurre siempre que no se tiene clara la causa por la que eran denominados así los vecinos, el entrevistado suele recurrir a lo obvio, es decir, a asegurar que en esa aldea criarían palomos o que abundarían en la zona. Es lo más recurrente cuando se ha perdido la noción del establecimiento de un apodo comunal. Nos decían que en Lárrede había muchos palomares. En algunas casonas montañesas todavía podemos apreciar ciertos huequecitos en los hastiales de las casas, a veces dispuestos en forma triangular, normalmente junto a los caballones o parte alta de las paredes. Esos eran los típicos palomares de los montañeses. Otros entrevistados ya tenían más criterio y nos decían que por los pinares del paco de San Martín, junto a la aldea, abundaban los palomos montesinos o torcaces. Otros nos comentaban que el palomo es un ave de pasa o migratoria, pero agregaban que en Lárrede todos los años se quedaban cierto número de parejas que no efectuaban la emigración. En marzo hacían la pasa hacia el norte y por noviembre bajaban hacia las tierras más meridionales.

A las gentes de Orós Bajo las llamaban los ajeros. Era un lugar enclavado en la llanura sedimentaria del Gállego y con un término muy avenado en el que abundaban las paredes hortícolas. Por eso mismo también recibían otro apodo de cualidad semejante, pues también lucían el sobrenombre de los caleros. A los pueblos en los que abundaba la huerta se los consideraba privilegiados desde un punto de vista fisiocrático, ya que en la sociedad montañesa preindustrial se vivía en un régimen de autoabastecimiento estricto ciertas máximas nos ayudaban a comprobar la veracidad de estos renglones: "¡En as casas que no matan o cochino ni siembran güerto, tócales a muerto!". Algo semejante acontecía con la localidad hermana de Orós Alto, donde recibían el sobrenombre de bisaltos y cuya causa obedecía a los mismos factores y criterios fisiocráticos.

A los vecinos de Susín, camino del Sobrepuerto, los apodaban mesturosos. Un informante de Oliván lo asociaba a una peculiaridad del vecindario, que en principio nada tiene que ver con el significado recto del término. La mestura era una mezcla de sembradura de centeno y trigo. También se llamaba así al pan donde se mezclaba harina de trigo y harina de centeno. En tiempos se solían dar esas mezcolanzas cerealísticas muy propias del criterio precavido y conservadurista del montañés, que sembraban mezcladas, es decir en mestura o mixtura ambas semillas de cereal al objeto de que si venía un mal año climático si no daba una especie al menos pudiese recoger de la que se había adaptado mejor al año climatológico. El anciano de Oliván, sin embargo, atribuía que los llamaran así a causa de cierta peculiaridad de las gentes de Susín, a los que definía como de ser muy rústicos, como muy ansotanos, que es como él definía a los que tanto en su apariencia como en su forma de vida mostraban cierto retraso sobre las costumbres y hábitos contextuales. El gran pirineísta catalán Violant i Simorra, en su obra etnográfica sobre los Pirineos, nos dejó constancia de que en toda la montaña hacían un pan denominado "morisco" con alforfón, al que también llamaban usualmente mestura. Un apólogo animista campesino muy común en todo el Alto Aragón, y que hace dialogar al centeno y al ordio -cebada- también utiliza el vocablo mestura para designar al centeno: "Le dijo la mestura al ordio ponzoñoso: '¡Cabezudo, más que cabezudo!', y le contestó el ordio a la mestura: 'Cabezudo u no cabezudo, a todas las ocasiones que me necesita el amo acudo y tú, garras vanas, desde que cabezas hasta que granas matas al amo de ganas"'.